lunes, 25 de febrero de 2019

Audiencia del S. P. Francisco a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia para la Vida, 25.02.2019





A las 11.20 de esta mañana, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico Vaticano, el Santo Padre Francisco ha recibido en audiencia a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Academia Pontificia para la Vida que celebra este año en el 25 aniversario de su nacimiento.

La Asamblea, que tendrá lugar del 25 al 27 de febrero de 2019 en el nuevo Salón del Sínodo en el Vaticano, tiene como tema: "Roboética. Personas, máquinas y salud ".

A continuación publicamos el discurso que el Papa ha dirigido a los presentes en la audiencia:


Discurso del Santo Padre




Queridos hermanos y hermanas,

Os saludo cordialmente con ocasión de vuestra Asamblea General, y agradezco a Mons. Paglia sus amables palabras.
Este encuentro tiene lugar en el primer Jubileo de la Academia para la Vida: 25 años después de su nacimiento. En este importante aniversario, envié el mes pasado a su presidente una carta titulada Humana communitas. Lo que me motivó a escribir este mensaje fue, en primer lugar, el deseo de dar las gracias a todos los presidentes que se han sucedido en la guía de la Academia y a todos sus miembros por el servicio competente y el compromiso generoso de proteger y promover la vida humana en estos 25 años de actividad.
Conocemos las dificultades en las que se debate nuestro mundo. La trama de las relaciones familiares y sociales parece desmoronarse cada vez más y hay una tendencia a replegarse en uno mismo y en los propios intereses individuales, con graves consecuencias en la "gran y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro" (Lett. Humana communitas, 2). Se dibuja así una paradoja dramática: precisamente cuando la humanidad cuenta con la capacidad científica y técnica de lograr un bienestar equitativamente generalizado, según el mandato de Dios, observamos en cambio una exacerbación de los conflictos y un aumento de la desigualdad. El mito iluminista del progreso disminuye y la acumulación de potencialidades que la ciencia y la tecnología nos han brindado no siempre obtienen los resultados deseados. En efecto, por un lado, el desarrollo tecnológico nos ha permitido resolver problemas que eran insuperables hasta hace unos años, y estamos agradecidos a los investigadores que han conseguido estos resultados; por otro lado, han surgido dificultades y amenazas, a veces más insidiosas que las anteriores. El "ser capaz de hacer" corre el riesgo de ocultar a quien hace y el por quien se hace. El sistema tecnocrático basado en el criterio de eficiencia no responde a las preguntas más profundas que se plantea el hombre; y si, por una parte, no es posible prescindir de sus recursos, por la otra ese sistema impone su lógica a quien lo utiliza. Y, sin embargo, la técnica es característica del ser humano. No debe entenderse como una fuerza ajena y hostil, sino como un producto de su ingenio mediante el cual satisface sus necesidades vitales y las de los demás. Es, por lo tanto, un modo específicamente humano de habitar el mundo. Sin embargo, la evolución actual de la capacidad técnica produce un hechizo peligroso: en lugar de entregar a la vida humana las herramientas que mejoran su cuidado, existe el riesgo de dar vida a la lógica de los dispositivos que deciden su valor. Este vuelco está destinado a producir resultados nefastos: la máquina no se limita a conducirse sola, sino que termina conduciendo al hombre. La razón humana se reduce así a una racionalidad alienada de los efectos, que no puede considerarse digna del hombre.
Vemos, desafortunadamente, los graves daños causados al planeta, nuestra casa común, por el uso indiscriminado de medios técnicos. Por eso la bioética global es un frente importante en el cual comprometerse. Expresa la toma de conciencia del profundo impacto de los factores ambientales y sociales en la salud y la vida. Este enfoque está muy en sintonía con la ecología integral, descrita y promovida en la Encíclica Laudato si '. Además, en el mundo de hoy, marcado por una estrecha interacción entre diferentes culturas, es necesario aportar nuestra contribución específica de creyentes a la búsqueda de criterios operativos universalmente compartidos, que sean puntos de referencia comunes para las elecciones de aquellos que tienen la grave responsabilidad de decisiones a tomar a nivel nacional e internacional. Esto también significa entablar un diálogo que atañe a los derechos humanos, destacando claramente sus deberes correspondientes. De hecho, constituyen el fundamento de la búsqueda común de una ética universal, en la que encontramos muchas cuestiones que la tradición ha abordado recurriendo al patrimonio de la ley natural.
La carta Humana communitas recuerda explícitamente el tema de las "tecnologías emergentes y convergentes". La posibilidad de intervenir en la materia viva en órdenes de un tamaño cada vez más pequeño, de procesar volúmenes de información cada vez mayores, de monitorear y manipular los procesos cerebrales de la actividad cognitiva y deliberativa, tiene enormes implicaciones: toca el umbral mismo de la especificidad biológica y de la diferencia espiritual de lo humano. En este sentido, afirmé que "la diversidad de la vida humana es un bien absoluto" (n.4).
Es importante reiterarlo:"La inteligencia artificial, la robótica y otras innovaciones tecnológicas deben emplearse de tal manera que contribuyan al servicio de la humanidad y a la protección de nuestra casa común, en lugar de lo contrario, como algunos análisis, lamentablemente, prevén. " (Mensaje al Foro Económico Mundial en Davos, 12 de enero de 2018). La dignidad inherente de cada ser humano debe colocarse firmemente en el centro de nuestra reflexión y de nuestra acción.
A este respecto, conviene señalar que la denominación de "inteligencia artificial", aunque ciertamente de efecto, puede ser engañosa. Los términos ocultan el hecho de que, -a pesar del útil cumplimiento de las tareas serviles (es el significado original del término "robot")-, los automatismos funcionales siguen estando cualitativamente distantes de las prerrogativas humanas del saber y del actuar. Y por lo tanto pueden llegar a ser socialmente peligrosos. Además, el riesgo de que el hombre sea ‘tecnologizado’, en lugar de la técnica humanizada, ya es real: a las llamadas "máquinas inteligentes" se atribuyen apresuradamente las capacidades que son propiamente humanas.
Necesitamos entender mejor qué significan, en este contexto, la inteligencia, la conciencia, la emocionalidad, la intencionalidad afectiva y la autonomía de la acción moral. Los dispositivos artificiales que simulan las capacidades humanas, en realidad, carecen de calidad humana. Hay que tenerlo en cuenta para orientar su regulación de uso y la investigación misma, hacia una interacción constructiva y equitativa entre los seres humanos y las últimas versiones de las máquinas. Las máquinas, de hecho, se propagan en nuestro mundo y transforman radicalmente el escenario de nuestra existencia. Si conseguimos tener en cuenta estas referencias, también en los hechos, el extraordinario potencial de los nuevos descubrimientos puede irradiar sus beneficios a cada persona y a toda la humanidad.
El debate en curso entre los mismos especialistas ya muestra los graves problemas de gobernabilidad de los algoritmos que procesan grandes cantidades de datos. Asimismo también plantean graves cuestiones éticas las tecnologías para la manipulación del patrimonio genético y de las funciones cerebrales. En cualquier caso, el intento de explicar todo lo que atañe al pensamiento, a la sensibilidad, al psiquismo humano sobre la base de la suma funcional de sus partes físicas y orgánicas, no explica la aparición de los fenómenos de la experiencia y la conciencia. El fenómeno humano supera el resultado del ensamblaje calculable de los elementos individuales. También en este contexto, el axioma según el cual el todo es superior a las partes adquiere una nueva profundidad y significado (ver Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 234-237).
Precisamente en esta línea de la complejidad de la sinergia de psique y techne, por otra parte, lo que aprendemos sobre la actividad cerebral proporciona nuevos indicios sobre la manera de entender la conciencia (del yo y del mundo) y del (sic) mismo cuerpo humano: no es posible prescindir del entrelazamiento de múltiples relaciones para una comprensión más profunda de la dimensión humana integral.
Por supuesto, partiendo de los datos de las ciencias empíricas no podemos hacer deducciones metafísicas. Sin embargo, podemos conseguir indicaciones que instruyan la reflexión antropológica, también en teología, como, por otra parte, siempre ha sucedido en su historia. De hecho, sería decididamente contrario a nuestra tradición más genuina colocarnos en un aparato conceptual anacrónico, incapaz de dialogar adecuadamente con las transformaciones del concepto de naturaleza y de artificio, de condicionamiento y libertad, de medios y fines, inducidos por la nueva cultura de la acción, típica de la era tecnológica. Estamos llamados a colocarnos en el camino emprendido con firmeza por el Concilio Vaticano II, que solicita la renovación de las disciplinas teológicas y una reflexión crítica sobre la relación entre la fe cristiana y la acción moral (cf. OT, 16).
Nuestro compromiso, -también intelectual y especializado- será un punto de honor para nuestra participación en la alianza ética a favor de la vida humana. Un proyecto que ahora, en un contexto en el que los dispositivos tecnológicos cada vez más sofisticados involucran directamente las cualidades humanas del cuerpo y la psique, se vuelve urgente compartir con todos los hombres y mujeres dedicados a la investigación científica y el trabajo de atención. Es una tarea difícil, sin duda, dado el rápido ritmo de la innovación. El ejemplo de los maestros de la inteligencia creyente, que entraron con sabiduría y audacia en los procesos de su contemporaneidad, en vista de una comprensión del patrimonio de la fe a la altura de una razón digna del hombre, debe alentarnos y sostenernos.

Os deseo que continúes el estudio y la investigación, para que la tarea de promoción y defensa de la vida sea siempre más eficaz y fecunda.¡ Que la Virgen Madre os ayude y os acompañe mi bendición! Y por favor, no os olvidéis de rezar por mí. Gracias.




(Las cursivas en el texto han sido introducidas por mí).






CARTA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

AL PRESIDENTE DE LA PONTIFICIA ACADEMIA PARA LA VIDA 
CON OCASIÓN DEL XXV ANIVERSARIO DE SU INSTITUCIÓN

(11 de febrero de 1994 - 11 de febrero de 2019)



Humana communitas[La comunidad humana]


La comunidad humana ha sido el sueño de Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,3-14).
El Hijo eterno engendrado por Dios tomó en ella carne y sangre, corazón y afectos. La gran familia de la humanidad se reconoce a sí misma en el misterio de la generación. De hecho, entre las criaturas humanas la iniciación familiar en la fraternidad puede ser considerada como un verdadero tesoro escondido, con vistas a la reorganización comunitaria de las políticas sociales y a los derechos humanos, tan necesarios hoy en día. Para que esto pueda darse, necesitamos ser cada vez más conscientes de nuestro común origen en la creación y el amor de Dios. La fe cristiana confiesa la generación del Hijo como el misterio inefable de la unidad eterna entre el “llamar a la existencia” y la “benevolencia”, que reside en lo más profundo del Dios Uno y Trino. El anuncio renovado de esta revelación, que ha sido descuidada, puede abrir un nuevo capítulo en la historia de la comunidad y de la cultura humana, que hoy implora un nuevo nacimiento en el Espíritu —gimiendo y sufriendo los dolores del parto (cf. Rm 8,22)—. En el Hijo unigénito se revela la ternura de Dios, así como su voluntad de redimir a toda la humanidad que se siente perdida, abandonada, descartada y condenada sin remisión. El misterio del Hijo eterno, que se hizo uno de nosotros, sella de una vez para siempre esta pasión de Dios. El misterio de su Cruz —«por nosotros y por nuestra salvación»— y de su Resurrección —como «el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29)— dice hasta qué punto esta pasión de Dios está dirigida a la redención y realización de la criatura humana.
Hemos de restaurar la evidencia de esta pasión de Dios por la criatura humana y su mundo. Dios la hizo a su “imagen” —“varón y mujer”, los creó (cf. Gn 1,27)— como una criatura espiritual y sensible, consciente y libre. La relación entre el hombre y la mujer constituye el lugar por excelencia en el que toda la creación se convierte en interlocutora de Dios y testigo de su amor. Nuestro mundo es la morada terrena de nuestra iniciación a la vida, el lugar y el tiempo en los que ya podemos empezar a disfrutar de la morada celestial a la que estamos destinados (cf. 2 Co 5,1), donde viviremos en plenitud la comunión con Dios y con los demás. La familia humana es una comunidad de origen y de destino, cuyo cumplimiento está escondido, con Cristo, en Dios (cf. Col 3,1-4). En nuestro tiempo, la Iglesia está llamada a relanzar vigorosamente el humanismo de la vida que surge de esta pasión de Dios por la criatura humana. El compromiso para comprender, promover y defender la vida de todo ser humano toma su impulso de este amor incondicional de Dios. La belleza y el atractivo del Evangelio nos muestran que el amor al prójimo no se reduce a la aplicación de unos criterios de conveniencia económica y política o a «algunos acentos doctrinales o morales que proceden de determinadas opciones ideológicas» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 24 noviembre 2013, 39).



Una historia apasionada y fecunda
1. Esta pasión ha animado la actividad de la Pontificia Academia para la Vida desde su fundación hace veinticinco años, por san Juan Pablo II, siguiendo la recomendación del siervo de Dios y gran científico Jérôme Lejeune. Este último, claramente convencido de la profundidad y rapidez de los cambios que se producen en el ámbito biomédico, consideró oportuno sostener un compromiso más estructurado y orgánico en este frente. De este modo, la Academia ha podido desarrollar iniciativas de estudio, formación e información para que «quede de manifiesto que la ciencia y la técnica, puestas al servicio de la persona humana y de sus derechos fundamentales, contribuyen al bien integral del hombre y a la realización del proyecto divino de salvación (cf. Gaudium et spes, 35)» (Juan Pablo II, Motu proprio Vitae mysterium, 11 febrero 1994, 3). Las actividades de la Academia recibieron un renovado impulso con el nuevo Estatuto (18 octubre 2016). El propósito era el de hacer que la reflexión sobre estas cuestiones tuviera cada vez más en cuenta el contexto contemporáneo, en el que el ritmo creciente de la innovación tecnológica y científica, y la globalización, multiplican por una parte las interacciones entre las diferentes culturas, religiones y conocimientos y, por otra, entre las múltiples dimensiones de la familia humana y de la casa común en la que habita. «Por lo tanto, es urgente intensificar el estudio y la comparación de los efectos de esta evolución de la sociedad en un sentido tecnológico para articular una síntesis antropológica que esté a la altura de este desafío de época. El área de vuestra experiencia calificada no puede limitarse, pues, a resolver problemas planteados por situaciones específicas de conflicto ético, social o legal. La inspiración de una conducta consistente con la dignidad humana atañe a la teoría y a la práctica de la ciencia y la técnica en su enfoque general de la vida, de su significado y su valor» (Discurso a la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida, 5 octubre 2017).

Degradación de lo humano y paradoja del “progreso”
2. La pasión por lo humano, por toda la humanidad encuentra en este momento de la historia serias dificultades. Las alegrías de las relaciones familiares y de la convivencia social se muestran profundamente desvaídas. La desconfianza recíproca entre los individuos y entre los pueblos se alimenta de una búsqueda desmesurada de los propios intereses y de una competencia exasperada, no exenta de violencia. La distancia entre la obsesión por el propio bienestar y la felicidad compartida de la humanidad se amplía hasta tal punto que da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. En la Encíclica Laudato si’ he resaltado el estado de emergencia en el que se encuentra nuestra relación con la tierra y los pueblos. Es una alarma causada por la falta de atención a la gran y decisiva cuestión de la unidad de la familia humana y su futuro. La erosión de esta sensibilidad, por parte de las potencias mundanas de la división y la guerra, está creciendo globalmente a una velocidad muy superior a la de la producción de bienes. Es una verdadera y propia cultura —es más, sería mejor decir anti-cultura— de indiferencia hacia la comunidad: hostil a los hombres y mujeres, y aliada con la prepotencia del dinero.
3. Esta emergencia revela una paradoja: ¿Cómo es posible que, en el mismo momento de la historia del mundo en que los recursos económicos y tecnológicos disponibles nos permitirían cuidar suficientemente de la casa común y de la familia humana —honrando así a Dios que nos los ha confiado—, sean precisamente estos recursos económicos y tecnológicos los que provoquen nuestras divisiones más agresivas y nuestras peores pesadillas? Los pueblos sienten aguda y dolorosamente, aunque a menudo confusamente, la degradación espiritual —podríamos decir el nihilismo— que subordina la vida a un mundo y a una sociedad sometidos a esta paradoja. La tendencia a anestesiar este profundo malestar, a través de una búsqueda ciega del disfrute material, produce la melancolía de una vida que no encuentra un destino a la altura de su naturaleza espiritual. Debemos reconocerlo: los hombres y mujeres de nuestro tiempo están a menudo desmoralizados y desorientados, sin ver. Todos estamos un poco replegados sobre nosotros mismos. El sistema económico y la ideología del consumo seleccionan nuestras necesidades y manipulan nuestros sueños, sin tener en cuenta la belleza de la vida compartida y la habitabilidad de la casa común.

Una escucha responsable
4. El pueblo cristiano, haciendo suyo el grito de sufrimiento de los pueblos, debe reaccionar ante los espíritus negativos que fomentan la división, la indiferencia y la hostilidad. Tiene que hacerlo no solo por sí mismo, sino por todos. Y tiene que hacerlo de inmediato, antes de que sea demasiado tarde. La familia eclesial de los discípulos —y de todos los que buscan en la Iglesia las razones de la esperanza (cf. 1 P 3,15)— ha sido plantada en la tierra como «sacramento […] de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1). La rehabilitación de la criatura de Dios en la feliz esperanza de su destino tiene que llegar a ser la pasión dominante de nuestro anuncio. Es urgente que los ancianos crean aún más en sus mejores “sueños” y que los jóvenes tengan “visiones” capaces de impulsarles a comprometerse con valentía en la historia (cf. Jl 3,1). Una nueva perspectiva ética universal, atenta a los temas de la creación y de la vida humana, es el objetivo que debemos perseguir a nivel cultural. No podemos continuar por el camino del error que se ha seguido en tantas décadas de deconstrucción del humanismo, identificado con toda ideología de voluntad de poder, que se sirve del firme apoyo del mercado y la tecnología, por ello hay que combatirla a favor del humanismo. La diversidad de la vida humana es un bien absoluto, digno de ser custodiado éticamente y muy valioso para la salvaguardia de toda la creación. El escándalo está en que el humanismo se contradiga a sí mismo, en lugar de inspirarse en el acto del amor de Dios. La Iglesia debe primero redescubrir la belleza de esta inspiración y empeñarse con renovado entusiasmo.

Una tarea difícil para la Iglesia
5. Somos conscientes de que tenemos dificultades para reabrir este horizonte humanístico, incluso dentro de la Iglesia. Ante todo, preguntémonos sinceramente: ¿Tienen las comunidades eclesiales hoy en día una visión y dan un testimonio que esté a la altura de esta emergencia de la época presente? ¿Están seriamente enfocadas en la pasión y la alegría de transmitir el amor de Dios por la vida de sus hijos en la Tierra? ¿O se pierden todavía demasiado en sus problemas y en ajustes tímidos que no van más allá de la lógica de un compromiso mundano? Debemos preguntarnos seriamente si hemos hecho lo suficiente para dar nuestra contribución específica como cristianos a una visión de lo humano que es capaz de sostener la unidad de la familia de los pueblos en las condiciones políticas y culturales actuales. O si, por el contrario, hemos perdido de vista su centralidad, anteponiendo las ambiciones de nuestra hegemonía espiritual en el gobierno de la ciudad secular, encerrada en sí misma y en sus bienes, frente al cuidado de la comunidad local abierta a la hospitalidad evangélica hacia los pobres y desesperados.

Construir una fraternidad universal
6. Es hora de relanzar una nueva visión de un humanismo fraterno y solidario de las personas y de los pueblos. Sabemos que la fe y el amor necesarios para esta alianza toman su impulso del misterio de la redención de la historia en Jesucristo, escondido en Dios desde antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,7-10; 3,9-11; Col 1,13-14). Y sabemos también que la conciencia y los afectos de la criatura humana no son de ninguna manera impermeables ni insensibles a la fe y a las obras de esta fraternidad universal, plantada por el Evangelio del Reino de Dios. Tenemos que volver a ponerla en primer plano. Porque una cosa es sentirse obligados a vivir juntos, y otra muy diferente es apreciar la riqueza y la belleza de las semillas de la vida en común que hay que buscar y cultivar juntos. Una cosa es resignarse a concebir la vida como una lucha contra antagonismos interminables, y otra cosa muy distinta es reconocer la familia humana como signo de la vitalidad de Dios Padre y promesa de un destino común para la redención de todo el amor que, ya desde ahora, la mantiene viva.
7. Todos los caminos de la Iglesia conducen al hombre, como proclamó solemnemente el santo Papa Juan Pablo II en su Encíclica inaugural (Redemptor hominis, 4 marzo 1979). Antes que él, san Pablo VI también recordó en su Encíclica programática, y según la enseñanza del Concilio, que la familiaridad de la Iglesia se extiende por círculos concéntricos a todos los hombres, incluso a quienes se consideran ajenos a la fe y a la adoración de Dios (cf. Ecclesiam suam, 6 agosto 1964). La Iglesia acoge y custodia los signos de bendición y misericordia destinados por Dios a todo ser humano que viene a este mundo.

Reconocer los signos de esperanza
8. En esta misión nos son de consuelo los signos de la acción de Dios en el tiempo presente. Hay que reconocerlos, para que el horizonte no se vea ensombrecido por los aspectos negativos. Desde este punto de vista, san Juan Pablo II señaló los gestos de acogida y defensa de la vida humana, la difusión de una sensibilidad contraria a la guerra y a la pena de muerte, así como un interés creciente por la calidad de la vida y la ecología. Indicaba también la difusión de la bioética como uno de los signos de esperanza, es decir, como «la reflexión y el diálogo —entre creyentes y no creyentes, así como entre creyentes de diversas religiones— sobre problemas éticos, incluso fundamentales, que afectan a la vida del hombre» (Carta enc. Evangelium vitae, 25 marzo 1995, 27). La comunidad científica de la Pontificia Academia para la Vida ha demostrado, en sus veinticinco años de historia, cómo precisamente desde esta perspectiva puede ofrecer su alta y calificada contribución. Prueba de ello es el compromiso con la promoción y protección de la vida humana en todo su desarrollo, la denuncia del aborto y de la supresión de los enfermos como males gravísimos que contradicen el Espíritu de vida y nos hunden en la anti-cultura de la muerte. Ciertamente hay que continuar en esta línea, prestando atención a otros desafíos que la coyuntura contemporánea presenta para la maduración de la fe, para una comprensión más profunda de la misma y para una comunicación más adecuada a los hombres de hoy.

El futuro de la Academia
9. Debemos, ante todo, hacer nuestro el lenguaje y la historia de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, incorporando el anuncio del Evangelio en la experiencia concreta, como el Concilio Vaticano II ya nos indicó con determinación. Para captar el sentido de la vida humana, la experiencia a la que se hace referencia es aquella que puede reconocerse en la dinámica de la generación. De esta manera, se evitará reducir la vida a un concepto puramente biológico o a una idea universal abstraída de las relaciones y de la historia. La pertenencia originaria a la carne precede y hace posible cualquier otro conocimiento y reflexión, evitando la pretensión del sujeto de ser origen de sí mismo. Solo podemos darnos cuenta de que estamos vivos cuando ya hemos recibido la vida, antes de cualquier intención y decisión nuestras. Vivir significa necesariamente ser hijos, acogidos y cuidados, aunque a veces de manera inadecuada.
«Parece, pues, razonable unir el cuidado que se ha recibido desde el comienzo de la vida y que le ha permitido desplegarse en todo el arco de su desarrollo, y el cuidado que se debe prestar responsablemente a los demás […]. Este precioso vínculo defiende una dignidad, humana y teologal, que no cesa de vivir, ni siquiera con la pérdida de la salud, del papel social y del control del propio cuerpo» (Carta del Cardenal Secretario de Estado con ocasión de la Conferencia sobre cuidados paliativos, 27 febrero 2018).
10. Somos plenamente conscientes de que el umbral del respeto fundamental de la vida humana está siendo transgredido hoy en día de manera brutal, no solo por el comportamiento individual, sino también por los efectos de las opciones y de los acuerdos estructurales. La organización de las ganancias económicas y el ritmo de desarrollo de las tecnologías ofrecen posibilidades nuevas para condicionar la investigación biomédica, la orientación educativa, la selección de necesidades y la calidad humana de los vínculos. La posibilidad de orientar el desarrollo económico y el progreso científico hacia la alianza del hombre y de la mujer, para el cuidado de la humanidad que nos es común, y hacia la dignidad de la persona humana, se basa ciertamente en un amor por la creación que la fe nos ayuda a profundizar e iluminar. La perspectiva de la bioética global, con su amplia visión y su atención a las repercusiones del medio ambiente en la vida y la salud, constituye una notable oportunidad para profundizar la nueva alianza del Evangelio y de la creación.
11. Ser miembros del único género humano exige un enfoque global y nos pide a todos que abordemos las cuestiones que surgen en el diálogo entre las diferentes culturas y sociedades, que están cada vez más estrechamente relacionadas en el mundo de hoy. Ojalá la Academia para la Vida sea un lugar lleno de valentía de esta interacción y este diálogo al servicio del bien de todos. No tengan miedo de elaborar argumentos y lenguajes que puedan ser utilizados en un diálogo intercultural e interreligioso, así como interdisciplinar. Participen en la reflexión sobre los derechos humanos, que son un punto central en la búsqueda de criterios universalmente compartidos. Está en juego la comprensión y la práctica de una justicia que muestre el rol irrenunciable de la responsabilidad en el tema de los derechos humanos y su estrecha correlación con los deberes, a partir de la solidaridad con quien está más herido y sufre. El Papa Benedicto XVI ha insistido mucho en la importancia de «urgir una nueva reflexión sobre los deberes que los derechos presuponen, y sin los cuales éstos se convierten en algo arbitrario. Hoy se da una profunda contradicción. Mientras, por un lado, se reivindican presuntos derechos, de carácter arbitrario y superfluo, con la pretensión de que las estructuras públicas los reconozcan y promuevan, por otro, hay derechos elementales y fundamentales que se ignoran y violan en gran parte de la humanidad», entre los que el Papa emérito menciona «la carencia de comida, agua potable, instrucción básica o cuidados sanitarios elementales» (Carta enc. Caritas in veritate, 29 junio 2009, 43).
12. Otro frente en el que hay que profundizar la reflexión es el de las nuevas tecnologías hoy definidas como “emergentes y convergentes”. Se trata de las tecnologías de la información y de la comunicación, las biotecnologías, las nanotecnologías y la robótica. Hoy es posible intervenir con mucha profundidad en la materia viva utilizando los resultados obtenidos por la física, la genética y la neurociencia, así como por la capacidad de cálculo de máquinas cada vez más potentes. También el cuerpo humano es susceptible de intervenciones tales que pueden modificar no solo sus funciones y prestaciones, sino también sus modos de relación, a nivel personal y social, exponiéndolo cada vez más a la lógica del mercado. Ante todo, es necesario comprender los cambios profundos que se anuncian en estas nuevas fronteras, con el fin de identificar cómo orientarlas hacia el servicio de la persona humana, respetando y promoviendo su dignidad intrínseca. Una tarea muy exigente, que requiere un discernimiento aún más atento de lo habitual, a causa de la complejidad e incertidumbre de los posibles desarrollos. Un discernimiento que podemos definir como «la labor sincera de la conciencia, en su empeño por conocer el bien posible, sobre el que decidir responsablemente el ejercicio correcto de la razón práctica» (Sínodo de los Obispos dedicado a los Jóvenes, Documento final, 27 octubre 2018, 109). Se trata de un proceso de investigación y evaluación que se lleva a cabo a través de la dinámica de la conciencia moral y que, para el creyente, tiene lugar dentro y a la luz de la relación con el Señor Jesús, asumiendo su intencionalidad y sus criterios de elección en la acción (cf. Flp 2,5).
13. La medicina y la economía, la tecnología y la política que se elaboran en el centro de la ciudad moderna del hombre, deben quedar expuestas también y, sobre todo, al juicio que se pronuncia desde las periferias de la tierra. De hecho, los numerosos y extraordinarios recursos puestos a disposición de la criatura humana por la investigación científica y tecnológica corren el riesgo de oscurecer la alegría que procede del compartir fraterno y de la belleza de las iniciativas comunes, que les dan realmente su auténtico significado. Debemos reconocer que la fraternidad sigue siendo la promesa incumplida de la modernidad. El aliento universal de la fraternidad que crece en la confianza recíproca parece muy debilitada —dentro de la ciudadanía moderna, como entre pueblos y naciones—. La fuerza de la fraternidad, que la adoración a Dios en espíritu y verdad genera entre los humanos, es la nueva frontera del cristianismo. Cada detalle de la vida del cuerpo y del alma en los que centellea el amor y la redención de la nueva criatura que se está formando en nosotros, nos sorprende como el verdadero y propio milagro de una resurrección ya en acto (cf. Col 3,1-2). ¡Que el Señor nos conceda multiplicar estos milagros!
Que el testimonio de san Francisco de Asís, con su capacidad de reconocerse como hermano de todas las criaturas terrenas y celestiales, nos inspire en su perenne actualidad. Que el Señor les conceda estar preparados para esta nueva fase de la misión, con las lámparas llenas del aceite del Espíritu, para iluminar el camino y guiar sus pasos. Son hermosos los pies de aquellos que llevan el anuncio gozoso del amor de Dios por la vida de cada uno y de todos los habitantes de la tierra (cf. Is 52,7; Rm 10,15).

Vaticano, 6 de enero de 2019


FRANCISCO

lunes, 11 de junio de 2018


¿Habría que considerar la dignidad de la persona humana como un criterio antropológico y ético intrínseco al método de la investigación científica?

Una apreciación interdisciplinar sobre algún tipo de encuesta acerca de la sexualidad(*)



Iván Federico MEJÍA ÁLVAREZ I.C.D., Th.D., I.C.L.* – Pablo GÓMEZ CUSNIR MD Uro** – Sergio TRUJILLO GARCÍA Psic.*** ‒ Luz Mercedes SANTAMARÍA RODRÍGUEZ Biol.**** ‒ Juan Daniel GÓMEZ ROJAS Ph.D. Psic.***** ‒ Wilson Alfonso MEJÍA NARANJO Ph.D. Microbiol.****** Seminario Ciencias y Teología en Diálogo*******



Resumen / Abstract

La corrección y precisión en el lenguaje científico pueden - y deben - contribuir a que los temas relacionados con la sexualidad sean tratados en la vida social con mayor altura, y a que la homosexualidad en particular, no sea motivo de injusta exclusión de las personas.

The accuracy and precision in scientific language can - and should - contribute in a dignified manner to issues dealing with sexuality, and in particular when speaking of homosexuality, so that there will not be any type of discrimination and cause for unjust exclusion against people.


A raíz de la acogida que han tenido en castellano las obras y planteamientos de Gregory M. HEREK (Herek 1998) (Herek 1984) (Hetzel 2008)[1], consideramos que ha de llamarse críticamente la atención, inclusive a sus traductores, sobre la “encuesta” propuesta por él en la que, mediante una lista de chequeo, pretende establecer criterios acerca de la sexualidad de un individuo. Se observa que, por diversas razones, en muchos casos se llega a confundir, con cierta facilidad, el “ser” con  el “obrar”, catalogando al uno por el otro. A esclarecer esta problemática y contribuir a restituir a la ética pública sus fundamentos, aportamos este análisis elaborado interdisciplinariamente a partir de los elementos científicos disponibles y mejor validados en la actualidad (medicina y otras disciplinas basadas en la evidencia[2]), aunque no restringido sólo a éstos.

Con Guillermina GARMENDIA DE CAMUSSO (Garmendia de Camusso 1978)[3] hacemos memoria del texto de  Jean Paul SARTRE[4] en el que el famoso filósofo, literato y político recordaba que durante la guerra él era muy niño y estaba al cuidado de un tío con quien vivía en condiciones bastante precarias teniendo que racionar o tasar  la comida disponible de un modo muy austero. El tío dejaba el pan encerrado con llave en un armario y Jean Paul abrió un roto en el respaldo del mismo para robar, diariamente unas migas del pan que allí guardaba su tío. El día que lo descubrió le dijo: “tú, Jean Paul, eres un ladrón”, y lo castigó muy duramente. Sartre decía que ese probablemente había sido el peor error que había cometido su tutor en la educación para su vida. Decía: si a uno le dicen “tú eres un ladrón”, uno se lo cree, porque lo dice la figura de autoridad o autoridad moral, que eso es lo que es uno, que esa es la identidad propia. Si a uno le dicen “tú has robado”, eso es otra cosa. Por unos minutos el niño fue ladrón, y las consecuencias de los actos también se corresponden con cierta temporalidad de esta y otras consecuencias posibles dependiendo del acto. Es distinto decirle a un niño que es un ladrón, a decirle que ha robado un pan en determinada ocasión. Robar un pan no hace ladrón a quien lo roba.

Sirva la anécdota anterior para ilustrar uno de los graves y amplísimos problemas que caracterizan la fragmentariedad cultural del presente, consistente en que cualquier asunto relacionado con el “ser” se desestima, con las gravísimas consecuencias que ello tiene, como es fácil intuir[5]. La “encuesta” en mención parte de un interés científico que suponemos leal, real y genuino, y que se ha llegado a convertir en el soporte, para sus autores o para otras personas, de una actividad sin duda justa, nobilísima y coherente con la dignidad humana, al tiempo que busca la realización concreta del bien común en esta área tan fundamental como compleja de nuestra existencia: alentar y participar en movimientos que promueven los derechos humanos o exclusivamente civiles, positivos, de personas actualmente discriminadas (jurídicamente, socialmente, moralmente) por razones de “género”. Se trata en muchos casos de una dimensión todavía ampliamente desconocida, ya que, además, se juzga que estamos ante el hecho de “la variabilidad que existe no sólo entre géneros sino entre individuos de un mismo género”, y que en este campo “las diferencias son la regla, no la excepción”[6]. Para cumplir el objeto de este estudio se dividirá la cuestión en las dos secciones antes señaladas.

a.1. A pesar de lo indicado, la enorme diversidad humana, pertenecemos a una misma especie[7]; por eso el asunto debe examinarse sencilla y claramente, en primer lugar, en el orden del ser (de nuestro ser común) y de sus accidentes propios (“in facto esse”), y, primordialmente, de lo que se entiende por muchos como la “ontogenia” humana (Scott F. GILBERT[8]). Se debe profundizar en este cuerpo que somos[9] inicialmente desde la perspectiva genética y cromosómica que caracteriza sexualmente a la persona humana real[10].

Según dicha perspectiva, al igual que otros mamíferos la persona posee desde su concepción, en el “par 23” de su genoma, una determinación XX, en cuyo caso se está en presencia de una mujer (o hembra en las otras especies), o una determinación XY, en cuyo caso se está ante un varón (o macho, en las otras especies). Más aún, esta determinación proporciona, por lo general, entre otras características biológicas y fisiológicas, el desarrollo de un aparato genital femenino o de uno masculino. Con todo, ya a este nivel de la realidad biológica pueden surgir algunas veces verdaderas enfermedades (hemofilia, daltonismo, hipofosfatemia, etc.), más frecuentes en varones que en mujeres, debidas a genes que se encuentran en el cromosoma X, por lo que una mujer requiere dos copias para presentar la enfermedad mientras que un hombre la presenta sólo con una copia (un solo cromosoma X). Otro tipo de alteraciones, denominadas aberraciones, presentan un número de cromosomas X distinto de lo normal, entre las cuales se destacan: el Síndrome de Klinefelter (XXY, dos cromosomas X además de un Y, que da origen a hombres que no desarrollan su aparato reproductor por lo cual son estériles); la Trisomía del X (XXX, tres cromosomas X, mujeres con infertilidad mayor que las XX); y el Síndrome de Turner (XO, sólo un cromosoma X, mujeres con aspecto infantil quienes sólo desarrollan su aparato reproductor con el consumo de hormonas; la disgenesia gonadal mixta es un síntoma del Síndrome de Turner)[11].


La investigadora Natalia LÓPEZ MORATALLA, Ph.D. en Biología y Bioquímica Molecular, nos ayuda a actualizar y a precisar aún mejor estos elementos[12], a los que glosamos con algunas nociones de ética fundamental. 

El genoma, como se ve, es algo dado, es heredado; más aún, es configurado al azar. En este “nivel”, ninguna “responsabilidad” puede atribuírsele – salvo, por supuesto, a los padres que realizan esta “causa” – a este hecho – ¡y menos aún al sujeto resultante! – que viene a conformar lo que llamamos “nuestra dote óntica”, justamente como seres humanos. “Eso” que surge, ese “tercer elemento de la relación”, un hijo– desde nuestro “prejuicio personalista”, no es simplemente un “algo”, una cosa, “el producto de la concepción” – es un individuo humano, una persona humana. Pero, desde el punto de vista moral, es todo lo que podemos afirmar o “juzgar” acerca de él. 

Se encuentra, pues, este primer planteamiento biológico determinante en el problema que exponemos: la relación que se establece, desde el período concepcional, entre el genoma y lo que llegará a ser no sólo el cerebro ya formado de un sujeto sino su cuerpo entero – y, por ende, su sexualidad: femenina o masculina –: el genoma a partir del cual ellos se desarrollan.


Como se vio, en el genoma, en su “par 23”, además de los usuales XX y XY, pueden concurrir las variantes (“enfermedades” y “aberraciones”) mencionadas. Ahora bien, existe un gen que se sitúa en el cromosoma X al que se denomina “receptor de andrógenos” (llamado también NR3C4)[13]. Se trata de un gen que posee dos variantes: una, “de alta eficacia” para unir la testosterona, y otra, “de baja eficacia” para hacerlo. Cuando examinamos la dotación XY – la propia de los varones – se observa que la variante de alta o de baja eficacia procede del cromosoma X, justamente de origen materno. A este “nivel”, por tanto, a lo sumo que podemos llegar a afirmar es que, cuando se obtiene en el sujeto la copia “de baja eficacia”, se podría hablar de que tendría “una menor sensibilidad a la testosterona”. A partir de lo cual, la autora concluye, el sujeto “podría tener una cierta predisposición innata (sic) a la orientación homosexual”. Sin embargo, inmediatamente, ella observa: “Aunque una mayor o menor sensibilidad a una hormona no determina necesariamente una tendencia, y menos aún una conducta homosexual”.

Existe en este “nivel”, con todo, otro factor que puede incidir en la resolución – más intensa o menos intensa – de ese fenómeno inicial prenatal – humano, puesto que se da en unas células humanas; pero inhumano, al mismo tiempo, porque se da por parte de un sujeto incapaz de efectuar un acto moral, que, para serlo, debe ser, precisamente, resultado de sus capacidades intelectivas y volitivas en pleno desarrollo y ejecución –. Se trata de la mutación “epigenética”, que se da – o puede darse – “en áreas del ADN que regulan genes en el cerebro implicados en el metabolismo de las hormonas sexuales (testosterona)”.

La “predisposición homosexual” puede provenir, pues, de dos factores, uno, genético, otro, epigenético, propio del metabolismo hormonal en el cerebro, el cual “depende de diversos factores fisiológicos durante el desarrollo”. Y concluye: “Así, de forma innata, la predisposición a la homosexualidad de los hombres tiene diversos grados. Aunque lo biológico predispone, no determina… Especialmente desde la pubertad, durante la adolescencia, las experiencias intensifican o diluyen las conexiones más o menos intensas de los patrones cerebrales… El cerebro de toda persona es enormemente plástico a lo largo de toda la vida y especialmente en las etapas de maduración intensa (infancia y pubertad). De ahí que se puede afirmar desde la ciencia que ni se nace determinado a esa orientación, ni se hace sin más por elección”.

Así, pues, ontogenéticamente, la posibilidad de reproducción y conservación de las diferentes especies de mamíferos morfofisiológicamente diferenciables entre machos y hembras, hombres y mujeres, no está exenta de producir desarrollos ‘equivocados’, a la luz del estado del conocimiento. Estos determinan el ser en el sentido biológico, pero no necesariamente implican un obrar moralmente reprochable.

De igual manera, es posible que se presenten problemas en la conformación interna y/o externa de los aparatos sexuales masculino o femenino. Para el caso del varón: hermafroditismo; pseudohermafroditismo (sin la producción de gametos masculinos y femeninos en la misma persona, lo más común es que no desarrollen adecuadamente ninguno de los sistemas reproductores); epispadia (el orificio de la uretra se localiza en la parte superior del pene); hipospadia (el orificio de la uretra se localiza en la parte inferior del pene); pene bífido o doble; micropene; criptorquidia (no descenso de los testículos en el feto desde el abdomen hacia el escroto); testítulos ectópicos (descendieron del abdomen pero se localizaron en un sitio distinto al escroto); hidrocele (acumulación de líquido en el escroto); hernia inguinal congénita; inversión anterior del testículo, e inversión polar del testículo[14].

Para el caso de la mujer se trata de anomalías que pueden aparecer en el proceso de formación de: las trompas; del útero (aplasias müllerianas – bilaterales o unilaterales –, trastornos de la fusión de los conductos de Müller – útero bicorne y trastornos de la resorción del tabique intermülleriano –); de la vagina (himen imperforado, agenesia de vagina, atresia de vagina, vagina doble y tabiques vaginales); del introito (malformaciones generalizadas y parciales de la vulva: ausencia de vulva, duplicidad de la vulva, hipoplasia, hipertrofia de labios menores, malformaciones aisladas del clítoris, quistes congénitos de la vulva – suprauretrales, del himen, de los tabiques uretro o retrovaginales y de las glándulas de Skene –, anastomosis urinarias en la vulva y digestivas vulvares), con o sin afectación ovárica; del sistema excretor urinario (hipospadia, epispadia, extrofia vesical, duplicación uretral, ectopia vulvar del orificio uretral) esqueléticas o de otros órganos asociados (el ano vulvar), las cuales son considerablemente menos comentadas en la bibliografía médica dado que su impacto sobre la derivación fisiológica es muchísimo menor[15].

Así, pues, también existen, por llamarlos coloquialmente, “defectos de fábrica”, ya no desarrollos equivocados como se reseñó en párrafos anteriores, pero que, como ellos,  corresponden al ser, pero no necesariamente se corresponden con el obrar.
  
Todas estas entidades clínicas tendrán consecuencias, de múltiples maneras, sobre el funcionamiento orgánico (“actos de hombre”) así como sobre el obrar interior y exterior (“actos humanos”) futuro de la persona, y deberá ser tenido muy en cuenta especialmente cuando la intensidad de su expresión rompe el equilibrio o la acción homeostática entre las estructuras límbicas[16] y las estructuras prefrontales que  inhiben,  regulan, planifican y ejecutan el comportamiento y el juicio moral, produciéndose respuestas biológicas y comportamentales eventualmente cuestionables, a partir de determinada edad, desde una consideración ética y moral[17].

Una circunstancia importante que no debe omitirse en este contexto es la de la “asignación de sexo al nacer”, particularmente en aquellos casos en los que el bebé trae algunas de tales malformaciones genitales (especialmente el seudohermafroditismo, la hiperplasia suprarrenal congénita y otras), denominados “estados intersexuados”[18]. Ya de por sí tales situaciones eventuales acarrearán para él o para ella repercusiones físicas y fisiológicas futuras, pero dicha “asignación” afectará también su inserción y comportamiento social[19].

De otra parte, ha de tenerse en cuenta que “el desarrollo de la sexualidad humana empieza con el contacto físico, cuando los bebés son sujetos y acariciados. No se debe privar al bebé de contactos corporales; es necesario reconocer al niño como ser sexuado, en relación consigo mismo y con otros, para que se construya una identidad sexual propia”[20]. Ahora bien, según afirman algunos expertos, comenzando alrededor de los dieciocho a veinticuatro meses y prolongándose hasta los tres o aún hasta los cinco o seis años de edad, se presenta la denominada “exploración genital” del propio cuerpo[21]. Esta observación nace, sin duda, de la normal y original inclinación humana a preguntar y a conocer (al tercer mes empieza explorar sus manos; a los seis meses es capaz de coger sus pies; al llegar al año, ya es capaz de desplazarse; a los dos años empieza a interactuar con otros niños), como también ocurre en los primeros meses y años la inclinación a imitar los modelos adultos masculinos o femeninos del entorno, como una forma primera de socialización. Dicha “exploración” suele estar asociada también al descubrimiento del placer que se produce en la zona genital al manipularla, y en diversos casos, algunos niños empiezan a recurrir a su obtención como alivio a la tensión o a la soledad que sufren al relacionarse con su entorno. No es extraño, aunque tampoco es frecuente, que a esta edad el niño también desee hacer pública la exhibición de sus genitales, o la manipulación de los mismos. El niño, también en sus primeros años, cuando está terminando de desarrollar sus capacidades motrices y lingüísticas para comunicarse, a medida que se encuentra con otros semejantes – en sus juegos[22], por ejemplo –, empieza a notar (espía, pregunta, compara) diferencias entre “lo que hacen los nenes” y “lo que hacen las nenas”. Posteriormente, hacia el final de esa etapa, comienza a observar que no todos tenemos el mismo cuerpo, y que existen órganos masculinos y femeninos. Toda esta curiosidad es, pues, propia de un proceso adecuado de desarrollo. Respuestas claras, reales y acomodadas a la comprensión del niño y de la niña[23], que acompañen esos descubrimientos que realizan, y en las que se marcan límites respetuosos acerca de su privacidad y de la honra que merece su cuerpo – no simples ridiculizaciones, reprensiones y castigos, que lo único que producen en la persona es que llegue a identificar la sexualidad humana y su ejercicio con algo malo y sucio, y a considerarse a sí misma como “culpable” –, contribuyen a la creación de su identidad sexual y los precaven de incertidumbres y de traumas para posteriores momentos de su existencia. Pero, así mismo, por parte de la sociedad en su conjunto, exigiría una actitud más valerosa e incansable – respaldada por una legislación que haga brillar la estima que merecen la infancia y la sexualidad – que no sólo defienda a los niños y niñas en estas edades de las violaciones y de toda una gama de abusos y ofensas que se realizan contra ellos, provenientes, incluso, de su propio ambiente familiar, educativo y comunitario más cercano, sino también de todas aquellas sugerencias solapadas – y en ocasiones, de descaradas ostentaciones: verdaderos mercados internacionales – que, a través de diversos medios, pretenden convertir desde la infancia una acción meramente exploratoria en una ineludible necesidad para el desarrollo, la realización y la satisfacción personal[24].

a.2. Este factor biológico-genético, sin embargo, no es estático. El ser humano es un ser “en desarrollo” (“in fieri”[25] y, además, “proyecto histórico” y “vocacional”), y uno de estos desenvolvimientos se dará con el paso de los años, cuando las propias características biológicas vayan madurando y desplegando sus funciones orgánicas, y lleguen a hacerse capaces, entre otros dones, de engendrar un nuevo ser humano.

Ahora bien, aunque se trata de un ser sexuado “masculino” o “femenino” desde su concepción[26] – con las circunstancias eventuales y excepcionales antes mencionadas –, también diversos factores en su cuerpo, con el paso del tiempo, pueden desviar o impedir el desarrollo típico[27] de dicha condición. Algunas de tales situaciones producen directamente, o actuando en conexión con otras problemáticas, no sólo la esterilidad en orden a la procreación sino una insuficiente producción de hormonas o un desbalance bioquímico[28], de modo que las mujeres que las padecen, así como los varones, ven su desarrollo físico impedido parcial o totalmente por esa razón.

En efecto, como sucede con otras especies animales, también los seres humanos experimentan los cambios hormonales. Cada proceso hormonal tiene que ver con una interacción química: una señal que llega a la célula y allí es direccionada al núcleo de la misma, al ADN, para dar una respuesta de desarrollo, de proliferación o de regulación metabólica o de procesos fisiológicos asociados con la propia sexualidad. En este proceso pueden suceder nuevas eventualidades debidas a factores endógenos y exógenos como, por ejemplo, una secreción anormal de hormonas sexuales, o la realización (hoy) de terapias hormonales por tratamientos o por transformación del género.

También desde este punto de vista pueden verse afectados la interrelación personal y otros diversos escenarios del desarrollo del individuo.

Sin embargo, una concepción sólo biológico-genética, aún considerada en perspectiva dinámica, es insuficiente para atribuirle la causalidad sobre el obrar [29]. Hemos aludido ya, en efecto, a los procesos asociados con el desarrollo del lenguaje, pero existen otros procesos mentales y racionales – sobre todo de la inteligencia y la libertad –, que poseen enorme importancia en orden a la paulatina socialización de la persona y a su inserción e interacción con la cultura[30]. El proceso de socialización, el desarrollo del lenguaje, el desarrollo psicosexual y el desarrollo moral ocurren paralela e interdependientemente y de manera similar al interior de la cultura por pertenencia y participación. El proceso de socialización de un individuo con los mencionados “desarrollos” equivocados, pueden impedir la adecuada y suficiente integración de las personas (en sí misma y en su relación con las demás) cuyo ser biológico es atípico, influyendo de este modo, independientemente de la intencionalidad y la razón del individuo, a “obrar” también de manera atípica y desviante, o de modo moralmente cuestionable. En nuestra observación, sin embargo, la consecuencia peor consiste en que tales condiciones se han convertido en pretexto, por buena parte de la sociedad, para generar la exclusión y estigma a dichas personas.

Por eso es necesario añadir que todas estas dimensiones constitutivas humanas requieren para su mejor desarrollo la actuación de la condición social y de la pertenencia y participación en la cultura. Pero una y otra, socialización y cultura, inclusive, y considerándolas no sólo en la perspectiva del individuo sino también y sobre todo desde la perspectiva de las condiciones objetivas en las que se produce su desarrollo – a veces tan injustas[31] –, pueden impedir notablemente la adecuada y la suficiente integración de la persona en el conjunto de la vida social y cultural de un pueblo, e, incluso, de la propia “identidad sexual”, llamada en ocasiones “identidad de género”[32].

Durante todos estos primeros años, efectivamente, a una persona se le pueden presentar situaciones que no le facilitan sino que, por el contrario, le entorpecen la adecuada fijación del objeto sexual, como explican algunas escuelas[33] de psicología, de psiquiatría y de psicoanálisis que emplean, a más de un siglo de efectuados, los estudios de Sigmund FREUD y de sus discípulos a propósito de las “fijaciones”[34]. Y esta “dialéctica” o dinámica “conflictual”[35] tendrá serias consecuencias posteriormente para la persona en la apreciación de sí misma y de sus acciones, sobre todo en las relaciones que pueda establecer con otras personas, a no ser que ella misma tome conciencia de tales situaciones, y, en su proceso de desarrollo moral – que puede demorar algunos años – las asuma y las encauce, no sin la ayuda de la gracia divina.

Así, pues, cada uno de estos factores y variables contribuyen a la formación de la persona; pero de ellos, por sí solos, no se puede obtener una calificación moral: sólo se nos dice algo en relación con su ser[36], sea “in facto esse”, sea “in fieri”. De esta situación de la persona se origina, en cambio, otro tipo de valoración o calificación, la ontológica que afirma, por ejemplo, su “bondad”, y que de ella se espera una actuación (“propios del ser”): “operatio sequitur esse”. En esta perspectiva y nivel, el del ser – o]n-o,ntoj (gr.) = ens-entis, de esse (lat.) = ser, el que es –, concuerda la reflexión aristotélico-tomista[37] con la concepción judeo-cristiana, cuyas raíces llegan hasta la primera página de la Sagrada Escritura, en la que se atestigua la condición “irrevocable” (cf. Romanos 11,29) no sólo de “buena” sino de “muy buena” y digna de todo respeto de la obra de la creación de Dios que resplandece de manera eminente en la pareja de hombre y mujer (cf. Génesis 1,31: su “dote óntica[38]), y ello no obstante la presencia en uno y otra del pecado original[39]  y de sus consecuencias[40]: más aún, un nuevo y más alto honor surge para todos los seres humanos, mujeres y varones, y para el universo entero, de la Cruz salvadora de Cristo (cf. Romanos 5,1-21: retrotraído hasta su origen y plenamente radicalizado). Se trata de hacer a las personas un genuino y patente reconocimiento[41], y no de elaborar meros enunciados que se quedan sólo en eso. Por eso filosóficamente sería un error pasar – desenfadadamente, frescamente como se dice coloquialmente – de este ámbito o nivel ontológico al nivel o ámbito moral que, aunque conectados, son distintos. El ser no puede reducirse a su obrar, y en caso de darse, tal reduccionismo distorsiona la complejidad constitutiva[42] de los seres humanos, soslayando varias otras de las dimensiones que forman parte esencial o fundamental de su ser y lo distinguen de los demás. Y ello sucede con muchísima frecuencia. En el nivel ontológico se indica sencillamente que de la condición de persona – y esto es sumamente importante – no se puede deducir sin más una calificación que sea propia y específicamente ética o moral – y penal, aún más –: ésta tendrá que ver, y se especificará, mediante su hacer.

b. De ahí que consideramos un abuso y gran injusticia – y en el fondo un gran desconocimiento, equívoco y hasta calumnia, cuando, atribuyéndoselo, con ello se pretende fomentar el desprestigio de la Iglesia Católica porque defiende la importancia de mantener esta distinción y de sacar de ella sus conclusiones[43] – el resolver descalificar (social, moral, jurídicamente) a una persona por las razones antes dichas así ellas tengan que ver directamente con su constitución sexual. En efecto, una cosa es la persona, merecedora de cabal respeto, por ser mujer, varón, niño, adulto, de cualquier origen, con enfermedades, anomalías o trastornos como los señalados (¡y otros por el estilo que seguramente habrá!), o sin ellos, y otra cosa muy distinta la manera como ella actúa o se comporta a partir de su uso de razón. Peor aún es la situación que se presenta, si cabe, cuando se les aplica dicha descalificación como inmodificable: ¡la persona estaría siendo irremediable e indefinidamente humillada!

En efecto, es posible hacer una valoración de un comportamiento cualquiera (interno o externo, por parte de uno mismo o por parte de otro) si, y sólo si, está presente la libertad (actual y efectiva, no meramente potencial o virtual) del sujeto. Por eso, los actos que realiza una persona también deben considerarse no sólo influenciables, sino que pueden llegar a estar definitivamente condicionados por la fisiología del individuo, de tal modo que la moralidad de dichos actos dependerá no sólo de las condiciones objetivas en las que vive sino también de sus propias subjetivas. Y si, efectivamente, tales factores superan a la persona en su libertad de decisión, ésta no sólo es eclipsada sino que, en realidad, desaparece. De igual modo, el margen de libertad con el cual tomamos nuestras decisiones puede ampliarse o restringirse dependiendo de acontecimientos significativos a lo largo de nuestra vida. En efecto, si bien la voluntad es el órgano de la libertad, no todas las personas pueden alcanzar el desarrollo de la misma, proceso psicológico superior por excelencia, por ejemplo cuando no han podido construir el pensamiento abstracto debido a la falta de alimentos culturales y/o de un encuentro con el Otro (Lev Semiónovich Vygotsky). No todas las personas “pueden muscular el Yo” (“resiliencia”, según Boris Cirulnyk[44]), por ejemplo cuando han sido objeto de abuso sexual temprano. No todas las personas construyen su identidad sexual de acuerdo con sus características sexuales corporales debido a la variedad de factores diferenciales que le han influido: genéticos, congénitos, del nacimiento, madurativos, del entorno, de su decisión…[45]
 
Los primeros cinco o seis años de la existencia de las personas poseen una trascendencia mayúscula cuando se trata de la que llegará a ser su propia formación moral. Al parecer, quienes mejor han tratado de explicar estos procesos en una perspectiva de la psicología evolutiva[46] han sido Jean PIAGET, John DEWEY y, muy especialmente, Lawrence KOHLBERG[47]. Miradas las cosas desde la perspectiva de la formación moral en valores de la persona, se señala como significativo el paso de una etapa “pre-moral” (la propia de la infancia; pero que, en algunos casos, se puede llegar a convertir en nivel permanente: la persona siempre servil y obediente forzada y en mera apariencia) a una “heterónoma” (apenas saliendo de la infancia), y de esta a una “autónoma”; y en esta “autónoma” desde la pubertad y la adolescencia (etapa transitoria que, en diversos casos, se perfeccionará hacia los 18, 22 años; pero que, en otros casos, se puede llegar a convertir en nivel permanente: “el (la) siempre adolescente”[48]) hasta un comportamiento adulto y efectivamente responsable con vistas al bien humano (“ontónomo”): procesos que no son cosa de un día, ni tampoco, bueno es recordarlo, un progreso incesante, irreversible y siempre en ascenso hacia la virtud y la santidad (cf. canon 210[49]).

Por eso el Derecho canónico de la Iglesia Católica, como resumiendo los mejores datos disponibles en la Tradición y en las investigaciones actuales, ha establecido la edad de los siete años – en una presunción del derecho que permite prueba en contrario, bien sea porque se pudo haber adelantado, bien sea porque se pudo haber aplazado: cf. canon 97[50] – como la edad “del uso de razón”[51]: antes de ello, se considera a la persona un o una “infante”, y, en cuanto tal, no sólo incapaz moralmente de pecar (por su falta de deliberación) sino de producir actos susceptibles de ser imputados y castigables canónicamente (cf. cánones 1321, 1322 1323)[52].

Saquemos, de todo lo dicho, algunas conclusiones:

1ª) El texto presente ha pretendido presentar honestamente el fruto de diversas investigaciones comprobables y confrontadas, conforme a la bibliografía indicada, y a los hechos que en ellas se han ido discutiendo. El reciente Sínodo sobre la Familia, y el que se efectuará el año entrante (2015), han puesto nuevamente sobre el tapete problemas sobre los que la humanidad se ha venido haciendo planteamientos desde sus orígenes, en las diversas culturas, y a las que ha ido dando respuesta – moral y jurídica en muchos casos –. Por tratarse de asuntos humanos no sólo a la Iglesia Católica le corresponde intervenir, pero ciertamente, a todos, dadas las condiciones actuales, nos corresponde buscar y encontrar hoy una solución ciertamente mejor justificada en todo caso que las anteriores: el mundo actual así lo urge y no espera menos, exigiéndoles a científicos de todas las ciencias, a médicos, psicólogos, antropólogos, artistas, literatos, filósofos, teólogos y canonistas, para citar sólo algunos, a revisar sus presupuestos y sus adquisiciones (estimadas más seguras), sus raíces y desarrollos. Esta es nuestra invitación, nuestra contribución.

2ª) En sentido propio ontológico-antropológico, el típico del lenguaje científico – por eso, el del Derecho de los Estados, el del Derecho canónico y aún el de la Teología moral –, ninguno nace “homosexual” ni “lesbiana”. Insistimos en que calificar de “homosexual”, de “lesbiana” a una persona, varón o mujer, que puede ser un niño aún, a causa de haber sido concebido o por nacer con las anomalías, trastornos o enfermedades físicas antes mencionadas, o por haber realizado actos como los descritos en los años anteriores a su uso de razón, es decir, en los que la libertad propiamente tal no está presente, es simplemente un exabrupto y un abuso. Cuando se trata de un infante, la inadecuación en la atribución es todavía mayor. Emplear tales términos en el lenguaje (ante la sociedad, por parte de la sociedad) con referencia a una persona crea no sólo ambigüedad semántica sino que se convierte en factor que discrimina, refuerza los mecanismos y estructuras de segregación, e insulta en razón de su propia injusticia. Por el contrario, asumir este punto de partida ontológico-antropológico es ir, eo ipso, a la raíz, al fundamento y a la justificación de todos los Derechos Humanos[53].

3ª) Es posible que, a pesar de lo dicho, se sigan empleando en el lenguaje corriente los conceptos “homosexual” y “lesbiana” en diversos contextos, incluso en los mencionados; pero, en tal circunstancia, habrían de ser considerados meramente como el uso (tan común en la literatura, especialmente en poesía) de una de las “figuras lógicas del lenguaje”, y más exactamente de un “tropo”, la metonimia[54]. Como se recordará, el origen de las palabras se halla en la misma naturaleza, pero los seres humanos, en su capacidad creadora, somos capaces de desbordar las ideas y para ello empleamos no el lenguaje ordinario sino el figurado a fin de imprimir mayor energía a los pensamientos y a los sentimientos. El tropo, en lo que le corresponde, asocia objetos semejantes, conexos, dependientes o correspondientes, operando así un cambio semántico en las palabras[55]: les cambia su significado. En el caso de la metonimia – que cuando se trata de una frase entera se denomina más precisamente “metalepsis” – ella consiste en designar una cosa con el nombre de otra tomando al autor por sus obras (este sería el caso presente), al efecto por la causa o viceversa, o al signo por la cosa significada.

4ª) No consideramos que los calificativos de “homosexual”, “lésbico”, “bisexual”, “transexual”, “pansexual” se apliquen adecuadamente a las personas como distintivos de sus sentimientos, orientaciones o tendencias (interiores) cuando ellos no corresponden, efectivamente, y en cada caso, a la realización de actos (exteriores) consentidos de esa naturaleza, de acuerdo con el principio moral “sentir no es consentir”.

5ª) Sólo habría lugar a calificar como “comportamiento homosexual” o “comportamiento lésbico” o “comportamiento bisexual” o “transexual” o “comportamiento pansexual”, a aquel que fuera producido por parte de una persona que se encontrara en una edad posterior a la del uso de razón, por supuesto, pero que, además, dicho comportamiento no fuera directamente el resultado o el efecto pulsional incoercible o irrefrenable, o al menos concomitante, favorecido por la amígdala cerebral pero a la que se opone la acción de los lóbulos frontales de la persona, de al menos una de las enfermedades, trastornos y anomalías, físicas y psicológicas, antes mencionadas[56].

6ª)  En un artículo como el de Jaime Eduardo BARRIENTOS DELGADO y Manuel CÁRDENAS: “A confirmatory factor analysis of the spanish language version of the Attitudes Toward Lesbians and Gay Men Scale (ATLG)”[57] (Barrientos Delgado, Jaime Eduardo - Cárdenas, Manuel 2012), que motiva a los autores de esta crítica, observamos que se presentan dos formularios, de 10 preguntas cada uno, de la encuesta realizada, con cuyas respuestas se pretende sustentar el resultado del estudio (cf. Apéndice, p. 586): “a) The Attitudes toward Gay men subscale (ATG) and their Spanish translation” y “b) The Attitudes toward Lesbians subscale (ATL) and their Spanish translation”.

Las afirmaciones marcadas con los números 1, 3, 4, 5, 6, 8, 9 y 10 en la lista a), y aquellas marcadas con los números 2, 3, 4, 5, 8, y 9 de la lista b) se refieren a decisiones, actitudes[58], sentimientos y acciones (“adoptar hijos”, “enseñar en los colegios”, “la homosexualidad, una perversión”, “la homosexualidad, una expresión de sexualidad masculina”, “tiene sentimientos homosexuales”, “el sexo entre hombres”, “matrimonio homosexual”, “opción de vida”; “la homosexualidad de la mujer, causa de discriminación”, “la homosexualidad femenina es mala”, “las leyes que castigan la conducta sexual consentida por mujeres adultas”, “la homosexualidad femenina es un pecado”, “la homosexualidad femenina por sí misma no es un problema”, “la homosexualidad femenina es una amenaza a nuestras instituciones básicas”, “la homosexualidad es una forma inferior de sexualidad”).

Por el contrario, las afirmaciones marcadas con los números 2 y 7 de la lista a), y 1, 6 y 10 de la lista b), en nuestro concepto desbordan el campo legítimo de la pregunta y del análisis y, en consecuencia, del objeto de la investigación mediante un instrumento inapropiado, por cuanto con ellas pretenden los autores, si no exteriorizar, sí suscitar, sin matiz alguno, una calificación o la asignación de una categoría que termina siendo discriminatoria de los individuos por razón de su sexualidad, y ello, no a causa de las mencionadas acciones y decisiones sino del ser mismo personal (“los hombres homosexuales son repugnantes”, “mi hijo es homosexual”; “las lesbianas no deberían ser integradas en la sociedad”, “el número creciente de lesbianas”, “las lesbianas son enfermas”). En nuestro concepto, tal proceder en nada beneficia ni a la ciencia ni a la propia causa. Nos permitimos llamar la atención, respetuosa y sencillamente, sobre este hecho, y ofrecer nuestro aporte, que no es meramente disciplinar pero que intenta superar una concepción meramente estática e involutiva del problema.



Bibliografía:


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AA. VV., “Fijación”, en Teorías Psicológicas II · A Great Wordpress.Com Site (consulta septiembre de 2013): http://teoriaspsicologicas2.wordpress.com/f-glosarios/
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Notas de pie de página



(*) El texto fue publicado en noviembre de 2014 en: 
La revisión y complemento del mismo se hizo el 11 de junio de 2018.

Si bien el texto se refiere especialmente a las relaciones entre Psicología, Ética y Magisterio de la Iglesia católica – en particular con los temas que se refieren a las “costumbres” que se estiman consonantes no sólo con sus “artículos de fe” “revelada” sino como han sido acogidos y trasmitidos (así sea in nuce) generación tras generación en la Tradición viva – no puede considerarse exclusivamente coyuntural ni solamente ubicado (ideológico-) socio-político-cultural-sistémico-estructuralmente. A lo que apunta es a algo mucho más radical y profundo, pero que – con pocas excepciones – se esquiva o se excluye: su pregunta antropológica, su fundamento antropológico ("desde donde se escribe, se investiga, se publica"). Y por “antropológico” no aludimos sólo a lo que se denomina técnicamente “antropología científica”, cuyos datos y conclusiones son ineludibles; sino, inclusive, a la “antropología filosófica” y a otros muchos conocimientos – inclusive religiosos y teo-lógicos –, sobre todo aquellos que forman parte de las tradiciones presentes en muchas y muy diversas culturas, llegando a consensos no sólo geográfica sino cronológicamente considerados, en relación con lo que puede y debe considerarse “verdadera” o “auténticamente humano” y a lo que éste ser humano “está llamado a ser”. En esta búsqueda y tarea, lo referente a la sexualidad tiene que ver, de manera singular e importantísima, con “todo el hombre y todos los hombres”.

* Estudios de Filosofía en el Seminario Mayor de Cali (Universidad de San Buenaventura) y de Teología en el Seminario Mayor de Bogotá (Colombia). Licenciado eclesiástico en Derecho canónico por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma (Italia). Doctor eclesiástico en Derecho canónico por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Alumno en los Cursos sobre Administración Parroquial en la Congregación para el Clero en la Santa Sede. Profesor Asociado de Tiempo completo de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana. Miembro del Seminario Interdisciplinar Ciencias y Teología en diálogo hasta diciembre de 2013. Director de la investigación de varias tesis doctorales en Derecho canónico y en Teología y de trabajos de grado de maestría y de pregrado  en Teología. Docente de Teología, Derecho canónico y Latín, entre otras asignaturas. Patrono estable del Tribunal Eclesiástico Interdiocesano de Bogotá. Miembro de la Consociatio Internationalis Studio Iuris Canonici Promovendo. imejia03@yahoo.es
** Médico Cirujano y Especialista en Urología de la Universidad Nacional de Colombia.

Médico Especialista en Andrología de la Unidad de Fertilidad de la Clínica de Marly.  Profesor Asociado de Urología de la Universidad Nacional de Colombia donde ha sido Jefe de la Unidad de Urología, Coordinador de Internado, Director de Postgrados Médico Quirúrgicos y Miembro del Consejo Directivo de la Facultad de Medicina. Pertenece a la Asociación Americana de Urología, a la Sociedad Colombiana de Andrología, a la “Society For The Study Of Male Reproduction”, a la Asociación Española de Andrología y a la Sociedad Colombiana de Urología, donde desempeñó los cargos de Director de la Sección de Posgrado, Tesorero, Director de la Revista Urología Colombiana y Presidente en el periodo 2005 – 2007. Autor de múltiples artículos en revistas especializadas. Investigador Principal de los Estudios Clínicos Internacionales VIP, Samba; Reten World y Enthuse. A partir de 2007, es el Gerente General de la Unidad de Fertilidad “Procreación Médicamente Asistida” (PMA).
*** Psicólogo de la Pontificia Universidad Javeriana. Especialista en Gerencia de Recursos Humanos por la Escuela de Administración de Negocios – EAN. Maestría en Educación por la Pontificia Universidad Javeriana, Sede Bogotá. Profesor Asociado desde enero de 2012 de Tiempo completo en la Pontificia Universidad Javeriana en asignaturas como: “Desarrollo y Procesos Socio-Morales”, “Genealogía de la Psicología y de lo Psicológico” y Coordinador del “Énfasis en Biografía y Sentido Vital”. Coordinador Académico del “Proyecto de Indagación PRIN” en la Facultad de Psicología y profesor de “Psicología de la Educación” y “Teorías del Desarrollo” en la Facultad de Teología - Licenciatura en Teología. Orienta el “Seminario de Psicología Canónica” en el Doctorado en Derecho Canónico. Ha sido Coordinador del Proyecto de Prácticas en Calidad de Vida y Ciclo Vital y del Proyecto de Investigación acerca de los Componentes Psicológicos de la Calidad de la Vida, con Adultos Mayores de Soacha y Sibaté. Autor del libro: La Sujetualidad: un Argumento para Implicar, y de artículos y capítulos de libros sobre sus temas de interés, así como Editor de dos libros, uno sobre historias de las psicologías y otro sobre libertad y psicología. Investigador del Grupo Resilio. Adelanta proyectos relacionados con sentido de la vida, desarrollo moral, epistemología de la psicología, orientación temporal de la personalidad y resiliencia. Miembro del Campo de Historia y Epistemología de la Psicología del Colegio Colombiano de Psicólogos COLPSIC.
**** Bióloga de la Pontificia Universidad Javeriana. Especialista en Docencia de las Ciencias naturales por la Pontificia Universidad Javeriana, Sede Bogotá. Investigadora en los proyectos: “Almacenamiento de esporas de helechos arborescentes como alternativa para su conservación in situ” y “Cultivo de Tejidos en Forestales”. Directora en dos períodos de la Carrera de Biología. Profesora Asociada de Tiempo completo. Docente del “Curso integrado de ciencias: Biología General - Fisiología Vegetal - Biología de Organismos multicelulares”. Diversas publicaciones.
***** Psicólogo de  la Universidad de Manizales (Colombia). Postgrados en Psicología Clínica: Universidad de Manizales; Johannes Gutenberg Universität Mainz - Maguncia (Alemania); Universidad Erasmus - Rotterdam (Holanda). Advanced Research Training Seminar (ARTS/IUPsyS) en Neuro-imagen Funcional y Electrofisiología (PET, fMRI, ERPs) Universidad Lund, Instituto Karolinska (Suecia). Ph.D. en Neuropsicología (Psicología Clínica y Adicciones) del Instituto Max Planck para Psiquiatría de la Universidad de Múnich. Doctorado Dr. Phil. (Énfasis en Psicología Clínica, Neuropsicología, Psicobiología, Neuro-imagen Funcional, Etnología y Comunicación Intercultural): Ludwig-Maximilians Universität München (Alemania) Post-Doctorado - Universidad de Toronto, (Canadá) (Convenio OEA/CAMH -Organización de los Estados Americanos/Center for Addictions and Mental Health, Toronto Canadá). Fellow Fullbright 2012 en Neuro-imagen Funcional y Neuropsicofarmacología (Johns Hopkins Hospital, Baltimore, USA). Docente de Tiempo completo en la cátedra de Neuropsicología, de la Facultad de Psicología, y Profesor del Doctorado en Ciencias Sociales y Humanas de la Pontificia Universidad Javeriana.
****** Microbiólogo de la Universidad de los Andes de Bogotá; Profesional en Teología por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá; Magister en Bioquímica de la Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá; Magister en Filosofía por la Pontificia Universidad Javeriana; Especialización en Enseñanza de las Ciencias Naturales desde la perspectiva de la Teoría Construccionista del conocimiento con énfasis en la Epistemología de la Bioquímica; Doctorado en Ciencias con énfasis en Química por la Universidad Nacional de Colombia – Sede Bogotá; Postdoctorado en Stockholm University; Postdoctorado en Mount Sinai School of Medicine. Docente de Medio tiempo del Departamento de Nutrición y Bioquímica en la Facultad de Ciencias de la Pontificia Universidad Javeriana. En la actualidad dirige una línea de la Maestría y del Doctorado en Ciencias Biológicas de la PUJ destinada a profundizar en los mecanismos biológicos de la Interacción nutrientes-factores hormonales, que pueden modular los efectos del metabolismo y se pueden identificar con marcadores específicos de hueso como osteocalcina y fosfatasa alcalina especifica de hueso, así como los del eje GH/IGF-I (IGF-I, IGFBP-1 y -3, insulina, GH).
******* Tiene su asiento en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana y cuenta con el apoyo de ésta y de la Facultad de Ciencias desde sus inicios en 1997. Congrega profesores de diversas áreas del conocimiento, y, en particular, además de la Filosofía y de la Teología, del Derecho canónico, de la Física, de la Biología, de la Bioquímica, de la Psicología. Algunos de los Profesores mencionados como coautores de este trabajo forman parte del Seminario en la actualidad, a quienes se debe agregar: Nina Stella Clavijo, Luis Hómer Angel, Santiago Arango, José Vicente Vergara, Jesús León, Rafael Gutiérrez Cuervo S. J. (+2013). Este trabajo ha sido fruto de la colaboración de todos sus integrantes.


Notas de pie de página

[1] Nos referimos a su propuesta presentada en: “The Attitudes Toward Lesbians and Gay Men (ATLG) scale”, en Clive M. Davis - William (H.) L. Yarber - Robert Bauserman - George Schreer - Sandra L. Davis (Eds.), Handbook of sexuality-related measures (Sexuality-related measures: A compendium) (Sage Publications Thousand Oaks, CA 1998) 392-394. (Nota bene: el texto aparece citado múltiples veces con errores en los nombres de los editores). Sus primeros análisis se pueden remontar, sin embargo, a: “Attitudes toward lesbians and gay men: A factor analytic study” en Journal of Homosexuality 10 1/2 (1984) 39-51. Véase también la referencia y examen de dicho estudio en la disertación doctoral de Carol J. Hetzel, The Effects of Social Influence on Personal Attitudes and Behavior Toward lesbians and gay men (Walden University Minneapolis 2008) 11ss, en: http://gateway.proquest.com/openurl%3furl_ver=Z39.88-2004%26res_dat=xri:pqdiss%26rft_val_fmt=info:ofi/fmt:kev:mtx:dissertation%26rft_dat=xri:pqdiss:3297979
[2] Evidence-based medicine (EBM). Véase el artículo (consulta septiembre 2013): http://es.wikipedia.org/wiki/Medicina_basada_en_la_evidencia
[3] El pensamiento esencial de Sartre  (Centro Editor de América Latina Buenos Aires 1978 v. 9) 30.
[4] San Genet, comediante y mártir (Editorial Losada Buenos Aires 1967 2003) 48-82.
[5] Con una preocupación que iba más allá del círculo de la fe cristiana, de la teología y, aún, de la filosofía y de las religiones, ya afirmaba el Papa Juan Pablo II: “La fe y la razón (Fides et ratio) son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad. Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva, de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo (cf. Ex 33, 18; Sal 27 [26], 8-9; 63 [62], 2-3; Jn 14, 8; 1 Jn 3, 2) […] La exhortación Conócete a ti mismo estaba esculpida sobre el dintel del templo de Delfos, para testimoniar una verdad fundamental que debe ser asumida como la regla mínima por todo hombre deseoso de distinguirse, en medio de toda la creación, calificándose como «hombre» precisamente en cuanto «conocedor de sí mismo». […] Cuando la razón logra intuir y formular los principios primeros y universales del ser y sacar correctamente de ellos conclusiones coherentes de orden lógico y deontológico, entonces puede considerarse una razón recta o, como la llamaban los antiguos, orthòs logos, recta ratio. […] Sin embargo, los resultados positivos alcanzados (por la filosofía contemporánea) no deben llevar a descuidar el hecho de que la razón misma, movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo transciende. Sin esta referencia, cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica. Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo el peso de tanto saber, la razón se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser”: en la encíclica Fides et ratio (1998), proemio y nn. 1, 4c y 5b, en: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio_sp.html.
[6] Corte Constitucional de Colombia, Sentencia C-507/04, “IV. Pruebas solicitadas”, en (consulta 9 septiembre 2013): http://www.corteconstitucional.gov.co/relatoria/2004/C-507-04.htm
[7] Si cada individuo fuera tan totalmente atomizado, inconexo y absolutamente distinto de los demás en tan innumerables, subjetivos e incompatibles factores, simplemente, por una parte, no existiría una “persona” propiamente tal, ni, por la otra, una “familia humana”: se harían imposibles las ciencias “sociales” y “humanas” – a no ser que se redujera el ser humano a lo puramente material y orgánico, pero en tal caso el comportamiento de cada uno de seres humanos haría inexplicable por qué es tan variable como imprevisible e ilimitable: ¿¡qué “ciencia” puede hacerse de ello!? – y, en consecuencia, sólo se podría hablar de “derechos humanos” a partir de una condición que, en últimas, en la realidad, sería mera ficción, a pesar de los acuerdos y consensos a los que se quisiera pretender llegar. De ahí la necesidad de una discusión seria – fresca y, al tiempo, más profunda – basada sobre los conceptos de “ley natural” y de “derecho natural”. Pero, de otra parte, la dimensión biológica del ser humano, sin ser el único, sí es un argumento fundamental e imprescindible en este debate. Véase sobre el tema, entre otros autores, Yves René Marie Simon, Moral (Morale. Philosophie de la conduite humaine Beauchesne Paris 1961 Herder Barcelona 1978 1999 7ª) 249-263.
Continuando la práctica en la tradición genuinamente cristiana de la línea referida por el Papa Juan Pablo II que se puede observar en la nota 5, el Discurso del Papa Benedicto XVI a los Obispos de los Estados Unidos de América, el 19 de enero de 2012, recordó enfáticamente el “criterio” que subyace a todo pronunciamiento oficial de la Iglesia Católica: “Nuestra tradición no habla a partir de una fe ciega, sino desde una perspectiva racional que vincula nuestro compromiso de construir una sociedad auténticamente justa, humana y próspera con la certeza fundamental de que el universo posee una lógica interna accesible a la razón humana. La defensa por parte de la Iglesia de un razonamiento moral basado en la ley natural se funda en su convicción de que esta ley no es una amenaza para nuestra libertad, sino más bien una «lengua» que nos permite comprendernos a nosotros mismos y la verdad de nuestro ser, y forjar de esa manera un mundo más justo y más humano. Por tanto, la Iglesia propone su doctrina moral como un mensaje no de constricción, sino de liberación, y como base para construir un futuro seguro. El testimonio de la Iglesia, por lo tanto, es público por naturaleza. La Iglesia busca convencer proponiendo argumentos racionales en el ámbito público.” Véase el texto completo en:  
[8] «Morphogenesis and Cell Adhesion», en: Developmental biology (Sinauer Associates Sunderland, Mass 2000 6th Ed).
[9] La idea es de Gabriel Marcel en sus obras, principalmente: Diario Metafísico (1928-1933) (Guadarrama Madrid 1969), y Aproximación al misterio del Ser. Posición y aproximaciones concretas al misterio ontológico (Encuentro Madrid 1987).
[10] La “persona humana” se identifica en este escrito para todos propósitos con el “ser humano”: tanto para referirse al hombre como a la mujer, como a todos los hombres en su conjunto, y desde las perspectivas filosófica, psicológica, moral o jurídica. Es la condición humana previa y exclusiva que exige el c. 96 del Código de Derecho Canónico cuando define al bautizado.
[11] Véanse al respecto U.S. National Library Of Medicine, “Cromosomas”, en (consulta septiembre de 2013): http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/002327.htm
[12] El texto, escrito en colaboración con la Periodista, ganadora del Premio Internacional de Periodismo Manuel Alcántara que otorgan la Universidad de Málaga y el Diario SUR, en España, se encuentra en: Natalia López Moratalla – Mercedes Beunza Santolaria: “Homosexualidad masculina: ¿Se nace? O ¿Se hace? (15 noviembre 2012), en (consulta del 11 de junio de 2018): http://blogs.lainformacion.com/cronicas-de-la-ciencia/2012/11/15/homosexualidad-masculina-se-nace-o-se-hace/
[13] “Es un receptor intracelular, por lo general en el citoplasma, de la subfamilia 3, grupo C, miembro 4 que resulta activado con la unión de cualquiera de las hormonas androgénicas testosterona o dihidrotestosterona [Roy AK, Lavrovsky Y, Song CS, Chen S, Jung MH, Velu NK, Bi BY, Chatterjee B (1999). «Regulation of androgen action». Vitam. Horm. 55: 309-52]. ​ La función principal del receptor de andrógenos es el de unirse a factores de transcripción que regulan la expresión genética de diversas proteínas [Mooradian AD, Morley JE, Korenman SG (1987). «Biological actions of androgens». Endocr. Rev. 8 (1): 1-28]. ​ Sin embargo, el receptor androgénico tienen funciones adicionales que son independientes de la unión al ADN [Heinlein CA, Chang C (2002). «The roles of androgen receptors and androgen-binding proteins in nongenomic androgen actions». Mol. Endocrinol. 16 (10): 2181-7]. Este es un receptor con parecidos estructurales al receptor mineralocorticoide, receptor de la progesterona, y otros. Las progestinas a dosis elevadas son capaces de bloquear la acción del receptor androgénico”: en (consulta del 11 de junio de 2018, en: https://es.wikipedia.org/wiki/Receptor_androg%C3%A9nico).
[14] Gisella Franchesca Llaulle Palomino - Marco Antonio Chipana Buiza - Helder Ojeda Pérez - Candy Emely Haime Bonilla, “Anomalías congénitas del Aparato Genital Masculino”, en (consulta septiembre de 2013): http://embriologia-urp.blogspot.com/2007/10/anomalas-congnitas-del-aparato-genital_18.html  y de Mario Riquelme Heras - Danny Junior Portilla Núñez, “Alteraciones de los genitales externos masculinos”, en (consulta 5 de septiembre de 2013): http://www.monografias.com/trabajos63/alteraciones-genitales-masculinos/alteraciones-genitales-masculinos2.shtml
Se ha mencionado también la fimosis, que es una anomalía de los anexos cutáneos del pene que altera la mecánica de este órgano; pero no es problemática en el contexto en que nos encontramos.

[15] Javier Haya - Ignacio Zapardiel - Miren Arrizabalaga, “Malformaciones del aparato genital femenino y de la mama”, en: José Manuel Bajo Arenas - José María Lailla Vicens - Jordi Xercavins Montosa (eds.), Fundamentos de Ginecología (SEGO Madrid 2009) 209-217, en (consulta septiembre de 2013): http://www3.univadis.net/microsites/area_salud_mujer/pdfs/16-Malformaciones_del_aparato_genital_femenino_y_de_la_mama.pdf

[16] Las estructuras límbicas, entre las cuales la amígdala cerebral desempeña un papel central, tienen que ver con las emociones, y se activan en muy diversas circunstancias. Con todo, no es a la amígdala cerebral a la que se ha de atribuir exclusivamente todo lo relacionado con el apetito, impulso, pulsión o deseo sexual. Este, en efecto, tiene por objeto la conservación de la especie, y consiste en la puesta en operación de todo un sistema neuroquímico. No es en la amígdala donde aparecen estos impulsos sino que se trata de una estructura mediadora del neurodesarrollo psicosexual. Así mismo los lóbulos frontales juegan un papel similar. Puede que los lóbulos frontales deseen refrenar algún impulso, pero todos sucumbimos ante la tentación alguna vez, pese a ellos. Esta ‘dotación’ neuroquímica produce un impulso de apareamiento que le indican a un individuo que el otro espécimen es adecuado para la reproducción. El repertorio conductual de una abeja, por ejemplo para reproducirse o para conseguir la miel o alimentarse, es limitado. El ser humano, a diferencia de otras especies, embellece la cotidianidad con una serie de conductas que son diferentes entre individuos. El de los seres humanos no sólo es complejo sino muy diverso, pero busca el mismo fin.
[17] El lóbulo frontal termina de desarrollarse en la juventud. Por eso no es raro encontrar personas a las que no se les ha desarrollado (suficientemente) el lóbulo frontal, de ahí el comportamiento de algunos jóvenes y de personas mayores que sigue siendo desatinado hasta viejos. Mediante pruebas neuropsicológicas se puede establecer el desarrollo porcentual del individuo en cada caso, se puede diagnosticar en la persona, a su edad, por ejemplo, la presencia de un “funcionamiento ejecutivo” y de un “síndrome frontal” (para una ampliación de esta sintomatología puede verse de Esperanza Bausela Herreras, investigadora de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí, México, “Síndrome Frontal: Sintomatología y Subtipos” (25 septiembre de 2008) en: http://www.psicologiacientifica.com/sindrome-frontal-sintomatologia-subtipos/) gracias a los cuales la inhibición del comportamiento, del juicio moral, la toma de decisiones, la atención, etc. están alterados de una manera determinada. Generalmente estas situaciones están conectadas con un trauma craneoencefálico, un accidente cerebrovascular, o con un tumor cerebral, o una enfermedad neurológica, o el empleo de un neurotóxico, o una enfermedad  viral, bacteriana, micótica – tales como el herpes, la encefalitis –. Estas afectaciones pueden ser permanentes. Cuando ello sucede, los lóbulos frontales, el hipocampo y la memoria se afectan, y la persona comienza a cambiar su personalidad y su comportamiento – en los que se incluyen el juicio moral y la inhibición del comportamiento, y, obviamente, la conducta del individuo –.
Pero no es necesario padecer una enfermedad de este tipo para encontrar también personas cuya inmadurez, casi infantil, caracteriza su personalidad: por varios años, hasta hacia aproximadamente los dieciocho, veintidós años, en un proceso normal; o aun permanentemente, en procesos eventuales, diversos apetitos, como el sexual, reclaman experiencias nuevas, imponiéndose sobre la acción, limitada u obstruida, de los lóbulos frontales.
[18] Ha sido pedido, por parte de grupos interesados en los derechos de esta población, que la práctica legal de tomar decisiones médicas en nombre de estos infantes por parte de los padres sea cambiada, de modo que corresponda con la elección de la identidad de género cuando la persona haya crecido. 
[19] Diversas sociedades científicas son más partidarias en la actualidad de denominar a las condiciones de intersexualidad con la expresión más descriptiva y más indicativa de su etiología genética de “trastornos del desarrollo sexual” o “disorders of sex development (DSD)”. En algunos estudios se ha considerado que hasta un 1,7 % de la población podría llegar a presentar “en su cuerpo alguna variación de lo considerado totalmente masculino o femenino”. El influyente médico pediatra y psicólogo neozelandés-norteamericano John Money, a mediados del s. XX, recomendaba intervención quirúrgica en tales situaciones; la “Teoría Queer”, por el contrario, hoy en día lo denuncia. Los riesgos de un “tercer sexo”, a causa de su marginación social, lo hacen seriamente impracticable, o plantean la necesidad de que se invente un término que no signifique esta marginación. Decisiones de los Estados van en la línea de no incluir este factor sexual en el censo, o hasta cuando la persona, por sí misma, lo decida. Pero, por supuesto, ello tiene una incidencia enorme en la socialización del individuo, muy especialmente en su educación. Véanse, entre otros textos empleados para esta nota: Lisa Allen, “Disorders of sexual development” en Obstetria Ginecología Clinica North Am. (Obstetrics and Gynecology Clinics of North America) 36/1 (2009) 25-45; “Disorders of sex development (intersex)”, en:  Nelson de libros de texto de Pediatría, 18th ed. (eds.) Robert M. Kliegman - Richard E. Behrman - Hal B. Jenson (Philadelphia, Pa: Saunders Elsevier, 2007) chap 589; Neil K. Kaneshiro - David Zieve, Intersexualidad (8 de febrero de 2009) en (consulta 23 de octubre de 2013): http://www.clinicadam.com/salud/5/001669.html
En efecto, afirmaba, por ejemplo, la Abogada Doctora Graciela Medina en la exposición de motivos y en la explicación de la Ley 1 de 1° de febrero de 2012 en la Argentina sobre “Ley de identidad de género. Aspectos relevantes”: “El mayor problema al que se enfrentan los intersexuales suele ser su incapacidad para decidir por sí mismos su identidad sexual, pues ésta suele habérsele sido asignada por sus padres o médicos. La preocupación de los padres sobre qué nombre ponerle al bebé, o cómo criarlo, puede hacer que lo sometan a intervenciones quirúrgicas que resulten dañinas para su salud, a veces dejando efectos secundarios como dolores, infecciones o pérdida de sensibilidad en los genitales. Es posible que al llegar a la edad adulta el sujeto no se muestre conforme con la identidad asignada, y se considere perteneciente al sexo contrario del asignado previamente”. Véase el texto completo en (consulta septiembre de 2013): http://www.gracielamedina.com/assets/Uploads/Ley-de-identidad-de-gnero-Aspectos-relevantes.pdf Véase la nota introductoria al tema en (consulta septiembre de 2013): http://es.wikipedia.org/wiki/Intersexualidad
[20] “La exploración del cuerpo y la curiosidad infantil a los 3 años”, en Cosas de la infancia, 23 de junio de 2012, en: http://www.cosasdelainfancia.com/biblioteca-compor14.htm Véase también: Administración Federal de Servicios Educativos en el D.F., México, 2013: “Sexualidad infantil”: (consulta septiembre de 2013): http://www2.sepdf.gob.mx/para/para_padres/familia_escuela/sexualidad_infantil.jsp
[21] Se estima que se trata de una experiencia generalizada, y no se han encontrado (válidas) estadísticas que la soporten, sólo se afirma que “es connatural”. Véase la nota anterior. En forma similar ocurre en relación con el “control de esfínteres”, urinario y anal, que se produce más por que las condiciones neurológicas y motoras del individuo están maduras y llevan su tiempo (dos años, dos años y medio, tres años, inclusive o hasta más, con avances y retrocesos, y en lo que no hay acuerdo universal pues en cada cultura se lleva a cabo de distintas formas ya que lleva consigo aspectos diversos, no sólo del orden individual sino del familiar) que propiamente gracias a un aprendizaje. Pero, ciertamente, se trata de una actividad que le será definitiva para su completo desarrollo (en el plano educativo, pasados los cinco años, se han de tener presentes los problemas relacionados con una posible enuresis o encopresis, así como con la “ansiedad”) y su interacción social.
[22] Un juego sexual infantil de cualquier índole (que los adultos o la cultura califiquen de heterosexual, homosexual, lésbico, bisexual, zoofílico, necrofílico, gerontofílico… parafílico en todo caso) es el resultado del despertar de un sistema neuroquímico, principalmente, cuyo único objeto es la conservación de la especie. Esta ‘dotación’ neuroquímica produce un impulso de apareamiento, que incluye juegos, de todo tipo, calidad, dirección, sentido, etc.
[23] Entre los valores más directamente vinculados con la sexualidad y con su ejercicio se suelen mencionar además del placer venéreo, la libertad para expresarse sexualmente, la salud, el respeto por el propio cuerpo y por el cuerpo de los demás, y la responsabilidad del comportamiento sexual, la cual incluye, positivamente, la procreación, y negativamente, la exclusión de toda explotación sexual.
Por razones muchas veces “neutrales” y otras veces “ideológicas” este campo de la responsabilidad, como ocurre con otros, es objeto de lucha de extremos. De una parte se ubican quienes atribuyen a las religiones el peligro de los prejuicios y de los fanatismos, por peligrosos e irracionales. De otra, quienes consideran que la ausencia del elemento religioso prejuzga de entrada los comportamientos éticos y morales de una persona, conduciéndola al debilitamiento y a la anulación de los mismos.
[24] Véase para el conjunto del párrafo: “La Sexualidad Infantil: El Cuerpo, lo Público y lo Privado”, en Materna, 12 de abril de 2009, en (consulta septiembre de 2013): http://www.materna.com.ar/Ni%C3%B1o/Ni%C3%B1ez-de-4-a-5-a%C3%B1os/Articulos-Ni%C3%B1o-de-4-a-5-a%C3%B1os/La-Sexualidad-Infantil-El-Cuerpo-lo-Publico-y-lo-Privado/Articulo/ItemID/6259/View/Details.aspx
[25] La Psicología detecta esta estructura dinámica del ser humano cuando advierte que su “personalidad” “se constituye evolutivamente” en la antinomia “conservación y cambio”. Véase al respecto de Sergio Trujillo García, “Orientación temporal de la personalidad y resiliencia” en Revista Iberoamericana de Psicología: Ciencia y Tecnología 5/1 (2012) junio 37-44.
[26] Véase al respecto la obra de René Heyer, La condition sexuéeAutor: René HeyerPress Universitaires de Strasbourg, 2006 (Presses Universitaires de France Strasbourg 2006).
[27] Empleamos “normal” o “típico”  en el sentido que la mayoría son morfológicamente, en promedio, estadísticamente, parecidos (la media, la mediana). Un desarrollo anormal, o atípico, no necesariamente es inadecuado.
[28] Piénsese, por ejemplo, en las funciones tan diversas como fundamentales que cumplen la Serotonina (5-hidroxitriptamina, o 5-HT) y la Dopamina (C6H3(OH)2-CH2-CH2-NH2).
[29] En nosotros algo se conserva en medio de los cambios y algo cambia sin que dejemos de ser nosotros mismos. Por ejemplo, es posible afirmar que “lo psicológico” emerge de “lo biológico”, gracias a “lo social” (puede verse de Sergio Trujillo García, “Aproximación a la génesis de “lo psicológico”” en Universitas Psychologica 1/1 (2002) ene-jun 92-100). De manera que, si bien sabemos desde Aristóteles que en un comienzo somos en potencia, nuestro desarrollo tiene que ver con aquello que en nosotros se actualiza o que nosotros mismos realizamos: somos potencia (entelequia: que tienen el fin en sí mismo) pero también somos acto: lo que decidimos hacer y en efecto hacemos. En otras palabras nuestro ser es una unidad biopsicosocial y no solamente una unidad biológica, aunque al comienzo de la vida ciertamente lo somos.
[30] Véase p. ej., de Juan Carlos Zavala Olalde, Ontogenia y teoría biocultural. Bases para el estudio de la persona a partir del desarrollo infantil (CopIt-arXives  Ciudad de México ◦ Cuernavaca ◦ Madrid Curitiba ◦ Viçosa ◦ Washington DC ◦ Sheffield 2012).
[31] Por la gravedad de su injusticia y la sensibilidad que (afortunadamente todavía) despiertan este tipo de casos (muchas veces divulgados por los medios de comunicación), no pueden callarse las violaciones de las y de los infantes; ha de advertirse también el maltrato que algunos padres dan a sus hijas mujeres mientras dan buen trato a los varones; y ha de actuarse ante el hastío que una sociedad tan mercantilizada, erotizada y pansexualista causa en algunos jóvenes, haciendo que la heterosexualidad no les parezca ya interesante sino monocromática y monótona, de lo cual nace el deseo de explorar la homosexualidad hasta convertirse en gusto. Pero las situaciones a las que aludimos son muchísimas más y muchas veces se encuentran enquistadas en la estructura social y en ciertos estereotipos culturales.
[32] El bienestar de cada persona humana debe continuar siendo el centro de toda la investigación científica, y nunca ser convertido en un medio para lograr otro fin. Véase el artículo “Identidad sexual” en (consulta septiembre de 2013): http://es.wikipedia.org/wiki/Identidad_sexual
Considérese también en este contexto la posición asumida por la Abogada Doctora Helen M. Alvaré, Profesora de Derecho en la Universidad George Mason de Washington, el 20 de septiembre de 2013, en relación con la familia y con la mujer: “Women-in-the-family in light of the Charter”, en: http://press.vatican.va/content/salastampa/it/bollettino/pubblico/2013/09/20/0589/01296.html
[33] Hacemos estas afirmaciones con todo respeto y como una propuesta para el debate, aun reconociendo que no es muy adecuado apreciar el asunto desde una perspectiva pluri-paradigmática, ya que los cuerpos teóricos y conceptuales de unas y otras disciplinas son conceptualmente irreconciliables. No hay entre ellos medida de comparación. Sin embargo, la atención y el servicio sincero y honesto a la persona humana así como una denodada y desinteresada búsqueda de la verdad deberían, en principio, urgir la asunción de este como un problema real y urgente, y prioritario para emprender el tratamiento y solución de otros problemas igualmente graves y complejos, entorno del cual deberían sentarse a dialogar.
[34] Cf. “Tres ensayos de teoría sexual” en Obras completas, (v. 7 Amorrortu Editores Buenos Aires 1992 6ª) 123-212.
Sobre el tema de las “fijaciones” se puede consultar un artículo en el que se resumen los planteamientos freudianos, lamentablemente sin el nombre del autor: “Fijación”, en Teorias Psicologicas II · A Great Wordpress.Com Site (consulta septiembre de 2013): http://teoriaspsicologicas2.wordpress.com/f-glosarios/
[35] Recuérdense a este propósito que entre los aportes de Erik H. Erikson a la investigación de Freud se señalan dos principales: que las personas son seres activos que buscan adaptarse a su ambiente, más que pasivos esclavos de los impulsos; y que las influencias culturales tienen una importancia grande sobre la formación de la personalidad. Las dialécticas que propone son, recordemos: 1) Confianza Básica vs. Desconfianza (desde el nacimiento hasta aproximadamente los 18 meses); 2) Autonomía vs. Vergüenza y Duda (desde los 18 meses hasta los 3 años más o menos); 3) Iniciativa vs. Culpa (desde los 3 hasta los 5 años más o menos); 4) Laboriosidad vs. Inferioridad (desde los 5 hasta los 13 años más o menos); 5) Búsqueda de Identidad vs. Difusión de Identidad (desde los 13 hasta los 21 años aproximadamente); 6) Intimidad frente a aislamiento (desde los 21 hasta los 40 años aproximadamente); 7) Generatividad frente a estancamiento (desde los 40 hasta los 60 años más o menos); y 8) Integridad frente a desesperación (desde aproximadamente los 60 años hasta la muerte). Véanse, del propio autor: Sociedad y Adolescencia (Buenos Aires: Editorial Paidós, 1972); de sus sistematizadores: Harold I. Kaplan – Benjamín J. Sadock, Sinopsis de psiquiatría. Ciencias de la conducta. Psiquiatría clínica 9ª ed. (Madrid: Waverly Hispánica, 2004) 211-217.
[36] Platón, Fedón 96c-97c; 99; id., República VI en Obras completas 2ª ed. (Madrid: Aguilar, 1981) (Complete Works Indianapolis, Indiana: Hackett, 1997); Aristóteles, Metafísica III,3 998b 22; IV, 2 1003b 22-27; id., Ética nicomaquea I,4 1096a 17–23 en Obras (Madrid: Aguilar, 1973) (The complete works of Aristotle. The revised Oxford translation New Jersey: Princeton University Press 1991 2v.).
[37] Tan ausente en la reflexión actual. Cf. Paul-Bernard Grenet, Ontología (Barcelona: Hérder, 1965) 211; 216s; 222-225; 266s.
[38] Se trata de una realidad – nuestra existencia-así – que, inclusive, ya no está disponible a nuestra elección: nos ha sido dada. De acuerdo con lo que fuera el pensamiento de Sartre, muestra de lo cual es la obra suya arriba mencionada, acaso podría ser un posible auto-eliminarse el castigo a la segregación y condena previa a la que fue expuesto: pero sería, en todo caso, un “acto segundo”, posterior. Pero lo primero, existir, es un hecho-dato no sólo ineluctable, sino el fundamental. Véase mi artículo “La persona humana, centro y vértice del Derecho”, en: http://teologocanonista.blogspot.com/2009/07/la-persona-humana-centro-y-vertice-del.html
[39] La percepción cristiana difiere, por lo menos, de alguna escuela judía al respecto. "La falta primordial" – החטא הקדמון -, del libro del Génesis en el capítulo 3, a la que ésta se refiere, según la tradición del Talmud, tiene que ver también con Noé, con el diluvio y con el arco iris de la alianza. Según esta tradición, atestiguada por el rabino español Isaac ben Moisés Arama (1420-1492) en la obra Akeidat Itzjak (La unión de Isaac), Capítulo 14, “La naturaleza del hombre antes del diluvio podría atribuirse a una sola causa, su ancestro común. A partir del diluvio, sólo la falta de madurez personal podría dar cuenta de los errores del hombre. Pero no estaría agobiado por la culpa colectiva de generaciones anteriores ni por su impacto hereditario. En otras palabras, la carga del "Pecado original" había sido removida a las generaciones a partir de Noé. Dios cambió la aplicación del atributo de justicia, debido al cambio en la responsabilidad de los seres humanos. El castigo colectivo sólo sería aplicable cuando los impíos hubieran actuado en conjunto y no individuamente, por separado”: véase en (consulta 20 septiembre de 2013): http://www.thefoundationstone.org/he/music-of-halacha/58-musicgeneral/70-rainbows.html Como se puede observar, se trataba de una polémica contra el dogma cristiano de la gracia y resume su disputa verbal con un erudito cristiano. En apoyo de su ataque contra este dogma cristiano, ben Moisés Arama aduce la doctrina de la libertad de la voluntad tal como fue formulada por Aristóteles, y la consideración de la justicia trascendente de Dios, lo que haría consistir la gracia no en otra cosa que en el ejercicio de la voluntad de un déspota.
[40] La enseñanza católica sobre el tema, a partir del Concilio de Trento (1545-1563), puede encontrarse en el Catecismo de la Iglesia Católica números 400-401; 405-406; 407-409, en: http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p1s2c1p7_sp.html#III%20El%20pecado%20original
Algunos textos y desarrollos históricos claves para la precisión e interpretación actual de esta doctrina pueden verse en las notas de clase, para uso de los estudiantes, de Iván Federico Mejía Álvarez, “La aventura humana: raíces, sentido y prospectiva. Elementos para una Antropología Teológica” (Bogotá: Centro Editorial Javeriano Colección Apuntes de Teología, 2003) 65-102. Véase sobre esta condición, desde la perspectiva canónica, lo dicho en la nota 10.
[41] El Arzobispo Dominique Mamberti, en representación de la Santa Sede, ha enfatizado ante la 68° Asamblea General de las Naciones Unidas, 1° de octubre de 2013, la necesidad de implantar hoy, como “principio y medida de todas las relaciones” la “cultura del encuentro”: “Esta cultura se caracteriza por el reconocimiento concreto y exigente del valor del otro, sea tanto del individuo como de los grupos sociales y de los Estados, y tiene ella en su fundamento último en el reconocimiento de la dignidad y la trascendencia del hombre”: http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2013/10/02/0626/01405.html
[42] Queremos reconocer la debida importancia que tienen, en la conformación de la personalidad y en especial de la identidad sexual, los factores genético, congénito, el mismo nacimiento, el ambiente natural, familiar y cultural, la maduración, la libertad y la gracia. Puede verse al respecto: Sergio Trujillo García, “¿Se puede crecer sin Dios?”, en Hermann Rodríguez Osorio S. J. (comp.), Entremeses Teológicos 4 (2004) Colección Teología Hoy 52 13-34.
[43] Nada más contrario a la “intolerancia” de la que se la acusa. El Papa Francisco ha recordado estos criterios y ha dejado bien expuesta la actitud pastoral más adecuada en nuestros tiempos para atender a estas personas. En su “entrevista” al P. Antonio Spadaro, S. J., Director de La Civiltà Cattolica, del 19 de agosto de 2013, explicaba: “En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales, que son ‘heridos sociales’ porque me decían que sentían cómo la Iglesia les había condenado siempre. Pero la Iglesia no quiere hacer esto. Durante el vuelo de regreso desde Río de Janeiro he dicho que, si una persona homosexual es de buena voluntad y está en búsqueda de Dios, yo no soy ninguno para juzgarla. Diciendo esto he repetido lo que dice el Catecismo. La religión tiene el derecho de expresar su propia opinión para el servicio de la gente, pero Dios en la creación nos ha hecho libres: la injerencia espiritual en la vida personal no es posible. Una vez una persona, de manera provocadora, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo le respondí con otra pregunta: ‘Dime: Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza condenándola?’ Es necesario considerar siempre a la persona. Aquí entramos en el misterio del hombre. En la vida Dios acompaña las personas, y nosotros debemos acompañarlas a partir de su propia condición. Es necesario acompañar con misericordia. Cuando esto ocurre, el Espíritu Santo inspira al sacerdote a decir lo que es más justo. […] De esto debe hablarse pero en contexto. El parecer de la Iglesia es conocido, pero de ello no es necesario estar hablando seguido… Debemos encontrar un nuevo equilibrio… entre el anuncio de la salvación, entre el anuncio del amor salvífico de Dios, y sus consecuencias morales”: en (consulta septiembre de 2013): http://www.laciviltacattolica.it/articoli_download/3216.pdf
No obstante, en su discurso del 24 de octubre de 2013 a la Delegación del "Simon Wiesenthal Center" (organización mundial de derechos humanos) reiteró la importancia de que se tome mayor conciencia de los valores – destruir barreras, construir puentes – que están involucrados en estas y en similares circunstancias por medio de procesos educativos, y en relación con estos valores se asuma, por parte de la sociedad entera, una actitud aún más general, decidida y exigente: “Allí donde una minoría cualquiera es perseguida y marginada en razón de sus convicciones religiosas o éticas, el bien de toda una sociedad está en peligro y todos deberíamos sentirnos involucrados” (:là dove una minoranza qualsiasi è perseguitata ed emarginata a motivo delle sue convinzioni religiose o etniche, il bene di tutta una società è in pericolo e tutti dobbiamo sentirci coinvolti”). En: http://press.vatican.va/content/salastampa/es/bollettino/pubblico/2013/10/24/0688/01545.html
[44] Véase la cita en el texto mencionado en la nota 23.
[45] Véase también – así sea sólo de manera indicativa, sintética y ubicada en su momento – sobre los “condicionamientos psicológicos”, los “obstáculos psicológicos” y los “condicionamientos culturales” que se ejercen sobre la libertad humana, la obra citada en la nota 7, de René Simon, que se mantiene como punto de referencia ineludible y actual, Moral 68-102 (ed. fr. 47-74).
Sobre la crítica que se hace desde la sociobiología y la etología, véanse los textos de Jean-Didier Vincent en la obra conjunta suya con Luc Ferry, ¿Qué es el hombre? (Bogotá: Taurus, 2001).
[46] Véanse, entre otras, las obras de Elizabeth B. Hurlock, Developmental Psychology: A Life-Span Approach (New York: McGraw-Hill Companies, 1953, 1980); y de León Rappoport, Personality Development: The Chronology of Experience (Glenview, Illinois: Scott Foresman, 1972).
[47] Véase: Anne Colby - Lawrence Kohlberg, The measurement of moral judgment (Cambridge: Cambridge University Press, 1987). Lawrence Kohlberg, a partir de sus estudios, encontró que en el desarrollo humano existen tres niveles y seis estadios del razonamiento moral; pero que la velocidad con que las personas avanzamos en ese proceso cambia en función del tipo de educación (participativo y democrático que favorece el desarrollo de la autonomía; autoritario: que favorece el desarrollo de una moralidad heterónoma; permisivo: que favorece la fundamentación egocéntrica de la moralidad) – como después comprobó Constance Kamii, quien fuera discípula de Piaget –.
[48] Nos preguntamos a partir de la propia experiencia: ¿qué adolescente es autónomo, libre y responsable en el sentido kantiano? Ninguno. En el sentido neurocientífico menos. Con todo, se trata de una etapa trascendental para la vida ya que en ella, como quizás en ninguna otra – y a pesar muchas veces de los diversos condicionamientos y aún de los obstáculos en los que ella se encuentre – la persona es ya capaz de interrogarse por el sentido que puede tener su vida o que puede llegar a darle, y capaz de decidir sobre él, de modo que, además de ser su “descubrimiento” sea también “creación” suya.
[49] “C. 210 Todos los fieles deben esforzarse según su propia condición, por llevar una vida santa, así como por incrementar la Iglesia y promover su continua santificación.”
Véase a propósito del proceso de maduración de la conciencia moral, de: Raimundo Rincón Orduña, Praxis Cristiana. Vol. 1: Fundamentación (Madrid: Paulinas, 1980); id., Teología Moral. Introducción a la crítica (Madrid: Paulinas 1981); y el resumen de Iván Federico Mejía Álvarez, “Algunos elementos introductorios a la Teología moral” (Bogotá: Colección Apuntes de Teología, material para uso de los estudiantes, Pontificia Universidad Javeriana, 1998) 39-41.
[50] “C. 97   § 1. La persona que ha cumplido dieciocho años es mayor; antes de esa edad, es menor. § 2. El menor, antes de cumplir siete años, se llama infante, y se le considera sin uso de razón; cumplidos los siete años, se presume que tiene uso de razón.”
[51] El uso de razón es la condición mínima para un obrar digno de ser llamado humano y, por eso mismo ha de ser inteligente y libre. Sólo entonces es susceptible de ser calificado en cuanto a su moralidad. A la edad de los “siete años” – en los términos de la presunción de derecho referida – significa que la persona es ya capaz de valorar sus acciones de acuerdo con lo bueno o lo malo que le ha indicado la sociedad (sus padres y educadores principalmente; aunque hoy en día son numerosos los agentes de formación moral que tienen gran influencia – subrepticia tantas veces – en los primeros años de una persona: díganse, por ejemplo, los medios de comunicación social, como la televisión, a la que muchos están expuestos, por horas, diariamente). Por supuesto, es muy difícil que un niño a tal edad pueda “saber” y entender perfectamente qué es bueno o malo, y, sobre todo por qué lo es y por qué ello habría de ser un valor digno para sí, interiorizarlo y abrazarlo para ser llevado a la práctica por él; o un “contravalor” cuya ejecución, por el contrario, no lo enaltece; y, además en esa determinada cultura en la que ha crecido: ¡difícilmente una persona mayor lo llega a adquirir a cabalidad hasta en sus pormenores! Se trata de un niño, o de un púber, o de un adolescente: nada más sensato que distinguir los momentos (“tiempos”) para concordar los derechos (axioma jurídico). Asegurar que alrededor de los “siete años” comienza la edad de discreción reconoce el hecho pero también la dignidad de la persona y el respeto que merecen sus decisiones; negarlo, por el contrario, sería tratarla indefinidamente como a una persona minusválida mentalmente – cercenada radicalmente de todas sus capacidades a causa de un defecto o de un daño físico o mental que le impide hacer tales actividades –, sobre todo para realizar actos genuinamente morales, buenos o malos, inclusive heroicos, desde la más tierna infancia.
El asunto sigue siendo objeto de estudio, sin embargo, por parte de la neurociencia del desarrollo moral. En este contexto algunos amplían el espacio-tiempo: tratando del desarrollo psicosexual, ciertos juegos sexuales, entre los que se cuentan “juegos homosexuales” que pueden ocurrir generalmente después de los siete años, no sólo serían considerados naturales, sino necesarios para un adecuado desarrollo. La postura canónica de la Iglesia Católica al respecto, la de los “siete años”, no coincide con tal apreciación, y, por eso, ella ha propuesto la necesidad de una “positiva y prudente educación afectivo-sexual” en el contexto de la “realización humana” (véase el documento de la Congregación para la Educación Católica, Orientaciones educativas sobre el amor humano. Pautas de educación sexual, 1 de noviembre de 1983, en especial los nn. 101 y 102,  en: http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/ccatheduc/documents/rc_con_ccatheduc_doc_19831101_sexual-education_sp.html
[52] “C. 1321  § 1.  Nadie puede ser castigado, a no ser que la violación externa de una ley o precepto que ha cometido le sea gravemente imputable por dolo o culpa. § 2.  Queda sujeto a la pena establecida por una ley o precepto quien los infringió deliberadamente; quien lo hizo por omisión de la debida diligencia, no debe ser castigado, a no ser que la ley o el precepto dispongan otra cosa. § 3.  Cometida la infracción externa, se presume la imputabilidad, a no ser que conste lo contrario.
“C. 1322  Se consideran incapaces de cometer un delito quienes carecen habitualmente de uso de razón, aunque hayan infringido una ley o precepto cuando parecían estar sanos.
“C. 1323  No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto: 1° aún no había cumplido dieciséis años; 2° ignoraba sin culpa que estaba infringiendo una ley o precepto; y a la ignorancia se equiparan la inadvertencia y el error; 3° obró por violencia, o por caso fortuito que no pudo preverse o que, una vez previsto, no pudo evitar; 4° actuó coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas; 5° actuó en legítima defensa contra un injusto agresor de sí mismo o de otro, guardando la debida moderación; 6° carecía de uso de razón, sin perjuicio de lo que se prescribe en los cánones 1324 § 1, 2 y 1325; 7° juzgó sin culpa que concurría alguna de las circunstancias indicadas en los nn. 4  o 5.”
Para el ámbito del Derecho del Estado, sirva de ejemplo el texto citado en la nota 6 de este artículo
[53] Afraates de Siria subrayaba ya en el s. IV que la condición humana es humilde, pero que no por ello posee un valor negativo, y que es Dios quien la enaltece hasta su gloria: Exposición (Demostración) 9,14 (véase el texto en Ignatius Ortiz de Urbina, Patrología syriaca (Romae: Pont. Institutum Orientalium Studiorum, 1965)).
[54] Diccionario de la Lengua Española 22ª ed., consulta (septiembre de 2013) en: http://lema.rae.es/drae/?val=metonimia
[55] También se emplean las palabras en la lengua española como “figuras retóricas” en las que se abandona el sentido primitivo de las mismas, su sentido recto, para otorgarles un sentido traslaticio de hipérbole o de ironía.
[56] Las Ciencias en su conjunto en este punto todavía es mucho lo que pueden y deben avanzar con el fin de ayudarles a las personas a formarse moralmente y a resolver sus situaciones personales y de conciencia. Como hemos podido considerar, en efecto, no puede olvidarse que no existen respuestas o soluciones definitivas hasta el momento acerca de una enorme diversidad de problemas de esta índole, enigmas científicos, que son todo un reto. Desde cómo identificar cuándo una persona nació con la o las anomalías hasta si fueron ellas inducidas posteriormente a causa de que la persona ha estado expuesta a su medio ambiente. Por ejemplo, desde el punto de vista químico pueden ocurrir secreciones de hormonas diferenciadas por el medio al que esté expuesto el individuo, sea éste un ambientes químicos generados en el individuo por exposición a ambientes externos, como es el caso del cáncer, sobre el que se sabe que la exposición a ciertos agentes ambientales físicos o químicos puede causar mutaciones, pues puede haber predisposición por la presencia de oncogenes inactivos (protooncogenes) que se “despiertan’ y causan el cambio a célula cancerígena… Algo similar podría detectarse en el caso de las células sexuales.
De igual modo ha de tenerse presente que esa actividad química, junto con la eléctrica, está asociada a los procesos nerviosos superiores. Por ejemplo, la glicina (NH2CH2COOH), que es un neurotransmisor inhibidor del SNC (sobre todo en la médula y el tallo cerebral y en la retina), posee un papel sustancial en las emociones y en las decisiones; etc. Pero tales hallazgos serán determinantes, sin duda, para valorar adecuadamente los factores subjetivos de la decisión responsable.
[57] Publicado en Universitas Psychologica 11/2 (2012) abr-jun 579-586.
[58] Concepto básico pero de muy diversa definición, tanto en psicología y ciencias médicas, como en sociología y demás ciencias sociales y humanas: no menos de 24 acepciones trae el artículo (consulta 10 de octubre de 2013) de: http://es.wikipedia.org/wiki/Actitud en el que los factores subjetivos parecen destacar.